El virrey de Sicilia... por Antonio R. Peña

EL VIRREY DE SICILIA CARDENAL PORTOCARRERO Y LA REVUELTA DE MESSINA A TRAVÉS DE LA CORREESPONDENCIA CON EL PLENIPOTENCIARIO ESPAÑOL EN VENECIA MARQUÉS DE VILLAGARCÍA (1677-1678).

Antonio Ramón Peña Izquierdo.

Universidad Autonoma de Barcelona

RESUMEN

El presente artículo da a conocer una documentación hasta ahora inédita pero que, sin embargo, es de gran importancia a la hora de examinar la revuelta de Messina, especialmente desde que el Cardenal Portocarrero se hizo cargo del Virreinato en ínterin. Igualmente, ayuda esclarecer en qué medida dicha revuelta quedó inscrita dentro de la guerra entre Luis XIV y España, así como la influencia que tuvo, este conflicto internacional, en el pugna política de "partidos" y banderías nobiliarias españolas durante la década de 1670[1].

Palabras Claves: Luis XIV, Juan José de Austria, Cardenal Pascual de Aragón, Cardenal Portocarrero, Marqués de Villagarcía, Vicente Gonzaga, Holanda, Cataluña, Rosellón, Nápoles, Sicilia, Messina, príncipes italianos, gobierno messinés, gobierno virreinal, ofensiva, retaguardia, ejército, armada, represión.

ABSTRACT.

The present synthesis talks about the revolution of Messina against Spain during the govenment of Viceroy Cardinal Portocarrero in Sicily (1677-1678). The essential source is the Portocarrerro’s handling govenment letters. Through this papers we analize the war Spain-France and the Spanish political crisis in the 1670’s.

Key Words: Louis XIV, John Joseph of Austria, Marquis of Villagarcía, Vicente Gonzaga, Holand, Catalonia, Naples, Sicily, Massina, Italian princeses, government of Messina, viceroyalty’s govenment, offensive, rearguard, army, repression.

ABREVIATURAS.

A.D.T. -Archivo Diocesano de Toledo.

A.G.S. –Archivo General de Simancas.

A.H.N. –Archivo Histórico Nacional.

B.N. –Biblioteca Nacional.

M.A.E. -Ministère des Affaires Ètrangères (París)

ms. –manuscrito.

leg. –legajo.

1. El MARCO POLÍTICO ESPAÑOL.

Todo el período referido en esta Correspondencia viene marcado por la crisis del sistema gubernativo de los Austrias, la práctica del valimiento. Desde el fallecimiento de Felipe IV no hubo un linaje capaz de monopolizar el poder tal como lo hicieron, durante la primera mitad del siglo XVII, los clanes Sandoval-Mendoza y Zúñiga-Guzmán. Además, ya no hubo una figura regia que representase una autoridad capaz de mantenerse por encima de los alborotos e intrigas nobiliarias, y capaz de parar tales disputas, capaz de escoger el clan con el cual gobernar (imponiendo el respeto de esa decisión al resto de la nobleza). Esto es, hubo una crisis de autoridad en el seno de la dinastía de los Austrias. Esta situación fue un reflejo del colapso del sistema de valimiento que sustituido por el de "juntas". En esas circunstancias, por un lado se ventilaban cuestiones de prerrogativas, preeminencias e incluso supervivencias político-económicas nobiliarias; y por de otro lado se ponía en disputa y reconsideración la gobernación y el futuro de la Monarquía[2].

Durante el período de minoría de Carlos II, el sistema de "juntas" no resultó una forma de gobierno adecuada para restablecer un equilibrio político entre los clanes aristocráticos, ni para que la dinastía de los Austrias pudiese recuperar el respeto y la autoridad perdidas. Así, a la crisis socioconómica que padecía España se añadían la constante inestabilidad política y las derrotas militares. La Monarquía parecía haber perdido todo rumbo. En esa situación, buena parte del estamento altonobiliario intentó dejar, momentáneamente, de lado sus banderías, con el fin de reconducir la situación política y económica a través de un nuevo sistema de gobierno: el caudillaje, bajo la figura de Juan José de Austria. Juan José se presentaba como el salvador de la Monarquía y de la Dinastía, el que arreglaría todos los problemas.

Respecto al clan Portocarrero, éste fue uno de los clanes nobiliarios que más férreamente se opusieron a Mariana de Asutria y al sistema de valimiento. Ya en 1668 dieron apoyo al caudillismo representado por Juan José. La tenaz actividad de este clan (contra la Reina Madre y su camarilla, y el sistema de valimiento) fue condenada por uno de los principales soportes de Mariana de Austria, el Primado Cardenal Pascual de Aragón. En carta del 10 de agosto de 1676 a su hermano Pedro de Aragón[3], el Primado señalaba lo mucho que estaba trabajado el clan Portocarrero (especialmente el Cardenal Luis Portocarrero y sus sobrinos los condes de Palma, Medellín, Monclova y Montijo) junto con sus aliados (los duques de Alba e Hijar, los marqueses de Villagarcía y villahumbrosa...), para el triunfo político de Juan José de Austria, pretendiendo dar la "mayoría" al príncipe Carlos, expulsar a Mariana de Austria y a su camarilla alemana de España, y dar la gobernación a Juan José[4]. A ello hay que añadir la intervención del Conde de Palma en la guerra del Cataluña-Rosellón, financiándola y participando directamente con tropas por él reclutadas en sus estados, por él vestidas y armadas y de él dependientes. Estas tropas del Conde fueron parte de las fuerzas que utilizaría Juan José en su golpe de Estado de 1676-1677[5]. Asimismo, hay que destacar la actividad política del Cardenal Portocarrero durante sus embajadas en Roma, movilizando a la Curia contra la Reina Madre y sus validos, Nithard y Valenzuela, y contra el Primado Pascual de Aragón[6].

Por último, señalar que en el período de Caudillaje la alta nobleza no logró componer un acuerdo para cerrar las fisuras existentes. Juan José tampoco consiguió consolidar a un clan determinado en la dirección y gobernación de la Monarquía, ni consiguió dar estabilidad socioeconómica y político-militar a España. La inestabilidad política y la guerra impidieron que cuajasen las primeras tímidas medidas de reforma, que pretendían reconducir una economía que intensificaba su espiral de crisis. Quizás es posible pensar que esta etapa de caudillaje fue demasiado breve para imponer un gobierno fuerte y estable, pero debemos tener en cuenta que, ya, sobre 1678 comenzaron a surgir los primeros focos de oposición a Juan José, precisamente entre los mismos que le habían aupado a la Gobernación. También en este caso, el clan Portocarrero es buena muestra de ello, tal como refleja la documentación que se analiza en el presente artículo.

2. EL CONTEXTO INTERNACIONAL.

Por lo que respecta a la política internacional, debemos considerar que con este panorama interno español, Francia tuvo gran facilidad para centrar su acción política en todos los escenarios posibles. Luis XIV comprendió bien, que la acción en una zona estaba en relación y en dependencia de la situación en otras áreas, por lo que conjugó, lúcidamente y con gran desahogo, su acción en tres frentes al mismo tiempo: 1) En el norte de Europa, hacia Flandes, Luxemburgo y Países Bajos, aumentando la presión sobre Holanda[7]. 2) En el centro y sur de Europa, hacia el Franco Condado, presionando sobre el Palatinado, el Ducado de Saboya y los Alpes. 3) En la fachada sur, dividida en tres subfrentes: Cataluña, el Mediterráneo e Italia. Mientras Luis XIV ejercía presión sobre Saboya, se abalanzó sobre Cataluña y las plazas españolas del Mediterráneo, principalmente Finale, Piombino, Liorna, Orbitelo, Elba, Giglio, San Stefano y Messina[8]. Con estas referidas plazas más las grandes islas mediterráneas, España controlaba el mediterráneo occidental y el Tirreno, garantizándose las comunicaciones entre Cataluña y Valencia con los principados italianos. Desde ahí, España se comunicaba con el norte de Europa. Este era el eje transversal sobre el que descansaba la Monarquía, traspasando soldados, abastos y socorros financieros[9].

Si Francia llegaba a controlar los estrechos del Tirreno y con sus acciones, desde Tolón y Marsella, cercase las grandes islas mediterráneas, la Monarquía quedaría dividida y Francia podría presionar directamente sobre Flandes (en el norte) y el Milanesado, Génova, Toscana y Nápoles (en el sur). Así, además, se rompería la conexión entre el norte y el sur de Italia[10]. Por otro lado, no hay que olvidar que la Monarquía también se veía atacada por el sur mediteráneo, donde la presión argelina y turca se cernía sobre las plazas en Oran, Mozalquivir y Larache, introduciéndose en el Adriático con ayuda francesa[11]. Luis XIV impulsó la actividad militar en todos estos frentes con el fin de conseguir tales objetivos señalados, aunque había dos motivos más que le impulsaban a ello: por los avances españoles en el Rosellón y para apoyar sus intereses a una sucesión española, o bien para imponer una esposa a Carlos II.

Por último, señalar que España consideraba esencial, para mantener el statu quo europeo, que Luis XIV no avanzase en el norte y centro de Europa. Por ello, el gobierno español no dudó en comprometerse militarmente junto a Holanda y el Emperador, entrando en una guerra con Francia para la cual no estaba preparada. Sin embargo, y por el contrario, la derrota de Ruyter en Stromboli, en julio de 1676, provocó que Holanda se desentendiera temporalmente de su alianza con España, considerando más esencial su situación geopolítica y económico-mercantil ante Inglaterra, que su desgaste en defensa de la Monarquía Española y en la contención de Francia[12]. Pero, además, resulta que la presencia española en el Mediterráneo e Italia daba tranquilidad a los príncipes italianos, que se veían, así, defendidos tanto de las pretensiones de Luis XIV y del Emperador, como de las amenazas turcas. De tal forma, los príncipes italianos podían mantener su propio equilibrio y correlación de fuerzas peninsular.

Partiendo de esta situación, la coyuntura en la que se encontraba Sicilia debe ser entendida dentro de los dos escenarios ya referidos (interno español e internacional) más un tercero: el interno propio de dicha isla[13].

  1. LA SITUACIÓN GENERAL EN SICILIA SOBRE 1670-1678.
  2.  

    La Isla estaba económicamente dividida en dos. De un lado, la Sicilia occidental y central encabezada por Palermo. Por otro lado, la Sicilia nororiental (la zona más montañosa) con su centro en Messina. El eje de la crisis siciliana se situaba en la competencia político-comercial entre estas dos zonas, entre estas dos ciudades y sus respectivas elites[14]. Al mismo tiempo, se dio otro enfrentamiento económico-político circunscrito, especialmente, a la propia Messina. Aquí, quedaban implicados los estamentos mercantiles frente a la aristocracia y oligarquía terrateniente messinesa[15].

    Así, en el conflicto messinés se pueden identificar dos etapas. Una primera va de 1672 a 1674. Comenzó con las protestas populares ante los desabastecimientos, y acaba centrada en la lucha de poder entre los dos grandes cuerpos estamentales de Messina: el sector mercantil y la nobleza-oligarquía propietaria. Durante esta fase no se cuestionó el poder virreinal. La segunda etapa se inició con el asentamiento del triunfo del sector mercantil al frente del gobierno de la ciudad (1674). Para llevar acabo su proyecto político-económico y asegurarse el control sobre la Sicilia nororiental, dicho sector comercial buscó el apoyo de Francia[16]. La entrada de Francia en el conflicto dio al levantamiento un cariz antiespañol. El siguiente paso dado por el estamento comercial fue propalar la atmósfera antiespañola entre los estamentos populares, extendiendo la revuelta. Pese a todo, los recelos entre la diversidad de cuerpos sociales implicados en la sublevación, impidió que el movimiento afianzase las bases sociales y se consolidase sobre el territorio siciliano[17]. Fue, precisamente, a esta segunda etapa, la más virulenta y antiespañola del conflicto, a la que tuvo que hacer frente el Cardenal Portocarrero.

    Desde el punto de vista de Luis XIV, el apoyo francés a la revuelta messinesa tenía como objetivo poner bajo control directo del ejército francés una parte de la Isla, desde la cual avanzar posiciones en el Tirreno y atacar-invadir el Mezzogiorno, o por lo menos establecer bases permanentes en el eje Sicilia-Calabris-Basilicata. Desde ahí Luis XIV podría presionar a los príncipes para quebrar el statu quo italiano. Por lo tanto, en estas circunstancias el gobierno español no tuvo más remedio que traspasar tropas del frente catalán hacia Sicilia[18]. Con ello, se redujo la presión que sufrían las tropas francesas en el Rosellón y la ofensiva española en aquel territorio fracasó[19].

    Por todo esto, es ineludible observar la revuelta de Messina como una pieza más del conflicto general internacional España-Francia. Y efectivamente, el Cardenal Portocarrero trató aquella situación desde esa perspectiva (aunque viciada por la crisis política interna española). Justamente, a pesar de la victoria española sobre la revuelta messinesa, la crisis mediterránea tuvo breve solución dentro de dicho marco internacional: la Paz de Nimega, que restableció el statu quo en el sur europeo[20].

  3. EL CARDENAL PORTOCARRERO Y LA REVUELTA DE MESSINA.
  4.  

El Cardenal Portocarrero entró en el virreinato de Sicilia en el verano de 1677, iniciando una gobernación que se extendería hasta el 20 de marzo de 1678. Con los datos aportados por la correspondencia entre el Cardenal y Villagarcía[21], diferenciamos tres momentos del gobierno de Portocarrero: el primero va desde junio de 1677 hasta la derrota francesa en Milazzo, el 30 de agosto de aquel año. Tras un lapso de unos 2 meses se abre un segundo momento caracterizado por la creciente reacción militar y política del gobierno virreinal, llegando al 20 de marzo de 1678 con la revuelta prácticamente sofocada. El tercer momento se inicia el día 21 de aquel mes de marzo, con la salida del Cardenal Portocarrero de Sicilia y la toma de posesión del nuevo virrey Vicente Gonzaga.

Nada más llegar a Sicilia el Cardenal Portocarrero realizó informes sobre la situación a la que se debía enfrentar. Así, entre junio y noviembre de 1677, la correspondencia destaca claramente cuáles eran los problemas[22]. Por las cartas del 5 y 12 de julio de 1677 tenemos noticia de que el Cardenal elevó dichos informes al Consejo de Italia[23]. En ellos, el Cardenal Portocarrero reconoció que la situación de Sicilia era pésima, con problemas de todo tipo (diplomáticos y de gobierno político y militar, de abastecimiento, sociales y económicos). Las reales cajas estaban vacías y la falta de dinero había impedido dar una respuesta inmediata a los primeros movimientos de revuelta. Ahora, la situación se había descontrolado y la insurrección había tomado (con ayuda francesa) unas magnitud alarmantes, hasta el punto que el Cardenal se planteaba y consideraba la posibilidad de perder la Isla. Caso de producirse esta circunstancia ponderaba, el Cardenal, un nuevo escenario de poder totalmente favorable a Luis XIV, considerando la pérdida total del Reino de Nápoles y del Mediterráneo y con ello, de toda Italia y el resquebrajamiento de la Monarquía. Por todo esto, en la citada carta del día 5 de julio, el Cardenal pidió a Villagarcía que recabase ayuda urgente, en especial alimentos y abastos militares[24].

Tres meses después, el Cardenal Portocarrero continuaba sin recibir ningún abasto ni socorro económico, y la situación militar seguía deteriorándose. Pese a que intentó dar solución a los problemas de abastecimiento apenas sí pudo paliarlos temporalmente[25].

Si tan grave era la situación de Sicilia en 1677, debemos preguntarnos ¿por qué se envió allí al Cardenal Portocarrero, que hasta ese momento no tenía ninguna experiencia ni de gobierno político ni militar?. ¿Por que no se designó a un experimentado y eficaz militar que tuviese un apoyo generalizado?. Dos respuestas principales podemos encontrar para estas preguntas: A) El enfrentamiento entre Mariana de Austria y el Cardenal Portocarrero. La Reina Madre era una de las más interesadas en alejar de España a Portocarrero. De hecho, la Reina Madre ya intentó, en varias ocasiones, desviarle a diversos puestos como el arzobispado de Granada y la embajada en Roma[26]. B) Los recelos de Juan José de Austria hacia el Cardenal Portocarrero. Juan José no quería a su lado a ningún hombre fuerte[27].

Pese a todo ello, en la ya referida carta del día 5 de julio el Cardenal Portocarrero no consideraba su pase a Sicilia como una derrota, dado que en el gobierno de Juan José quedaron situados los condes de Medellín y de Monclova y el Marqués de Villahumbrosa. Asimismo, Portocarrero juzgaba a Juan José como hombre recto y con mucho apoyo, por lo que no veía bueno acudir a la corte y desgastarse en luchas que en ese momento no tendrían sentido. Por lo demás, no le desagradaba la nueva forma de gobierno impuesta por Juan José: el caudillismo. Sin embargo, Villagarcía previno a su amigo y le aclaró las cosas. En la apuntada carta del día 12 de julio, el Marqués insistió en que Juan José de Austria también estaba en contra de la Casa de Palma. De igual modo, mostraba su pesar porque se había impedido al Cardenal abandonar la embajada en Roma para pasar a la corte y ponerse, así, al frente de la situación, formando un nuevo gobierno encabezado por Juan José y aconsejado por el propio Cardenal Portocarrero. No contentos con ello, estos enemigos habían acordaron enviar al Cardenal a Sicilia.

De todo esto podemos inferir que enviar al Cardenal Portocarrero a Sicilia, no era sólo una forma que tenían la Reina Madre y Juan José de Austria de alejar de la corte a un duro competidor, sino también, significaba dar a éste un cargo muy comprometido esperando que fracasase. De Hecho, en carta del día 7 de agosto Villagarcía hablaba en este sentido, confirmándonos la treta que la Reina Madre y Juan José de Austria habían proyectado sobre el Cardenal Portocarrero, la Casa de Palma y todos "los nuestros"[28].

Por otra parte, debemos insistir en que el Cardenal Portocarrero llegó a Sicilia cuando sucedieron dos hechos: la retirada de la armada Holandesa, tras su derrota en Stromboli[29], y la presentación oficial de los plenipotenciarios españoles en Nimega[30]. Por todo lo cual, la situación a la que se enfrentaba el Cardenal era todavía más comprometida. En estas circunstancias, las derrotas en Sicilia iban sucediéndose, faltaban todo tipo de recursos y la desmoralización era enorme. Así fue como resumió la situación el Cardenal Portocarrero en sus cartas del 10 y 12 de agosto[31]. En tales cartas, la contrariedad y el desengaño mostrado por el Cardenal eran grandes. Se sentía abandonado y obstaculizado tanto por la corte como por un gobierno en siciliano donde todo eran intrigas y conjuras. Respecto a este último aspecto, afirmaba que "esto se parece a la corte". Por ello, ya comenzaba a considerar ese cargo como una trampa[32].

Para salvar la situación el Cardenal Portocarrero instauró en Sicilia su propio sistema caudillista: un único gobierno fuerte, sin disensiones, con un único mando (político y militar) y con una única dirección. Portocarrero reestructuró el gobierno, la administración y el ejército, expulsando a los hostiles, acallando a los discrepantes, e imponiendo su voluntad en las directrices de gobierno político, militar y económico. Igualmente incrementó los tributos, haciendo participar a la nobleza en la financiación del gobierno y de la guerra. Vendió bienes públicos (muebles e inmuebles), enajenó todo tipo de recursos privados (caudales, patrimonios, heredades, naves...). Todo lo recaudado y reunido fue destinado a la guerra. Ya el 12 de agosto el Portocarrero afirmaba que "a partir de ahora solo habrá una voz"[33].

La fuerte política fiscal y de enajenaciones hizo empeorar las malas condiciones de vida, y el descontento con el gobierno virreinal se extendió tanto entre las capas populares como entre la nobleza. Por las cartas del Cardenal a Villagarcía del 15 y 20 de agosto sabemos que él era consciente de esto, pero consideraba que si se quería ganar la guerra no había otra solución que imponer un gobierno fuerte y decidido, lamentándose de lo mucho que le dolía esta decisión[34]. Por su parte, Villagarcía puso en sobreaviso a su amigo acerca del descontento y oposición que se estaba creando, también, en la corte, en donde se temía que el malestar de la población siciliana se transformase en alborotos y la situación de revuelta alcanzase a toda la isla. En la corte incluso se debatía la posibilidad de apartar al Cardenal de Sicilia y despacharle de nuevo a Roma. Con su forma de gobernar tiránica y su actitud arrogante, todo el clan Portocarrero salía perjudicado, quedándoles, ya, muy pocos aliados[35].

Pese a todas las críticas, el Cardenal Portocarrero no varió su forma de actuar y las medidas de reorganización pronto dieron resultados positivos. Así, el día 30 de agosto el ejército francés fue derrotado en Milazzo. Ese mismo día, el Cardenal Portocarrero escribió carta a Villagarcía comunicándole esta noticia. Pese a esta victoria, Portocarrero continuaba preocupado por la marcha de la guerra, y se reafirmaba en que no había más solución que continuar con las recias directrices político-militares y la severidad fiscal, si no se quería volver a las perniciosas divisiones e intrigas, y a una falta de dirección, todo ello causantes del estado de derrota[36].

Con la victoria realista de Milazzo se abre un paréntesis que se prolongaría hasta octubre-noviembre y en el cual, aunque la situación siguió siendo grave, se produjo una contención de la actividad militar del ejército francés y del bando rebelde. Durante ese intervalo, Portocarrero insistió en las medidas de reorganización lo que propiciaría una sustancial mejora militar hacia final de año.

Algunos aspectos de este planteamiento se nos muestran en las cartas del mes de septiembre[37]. A través de ellas podemos determinar tres grandes líneas (dependientes unas de otras) en las que el Cardenal Portocarrero orientó su acción:

- Una. La continuación de las reformas de gobierno en lo político y militar, al tiempo que se incrementaban, todavía más, los tributos y las confiscaciones, incluso se dejaron de pagar mercedes y sobresueldos (importantes para una nobleza endeudada). Los caudales y socorros tuvieron como destino primordial ganar la guerra, único objetivo de gobierno. Cualquier otra consideración fue secundaria. De estas fechas parte la conceptualización que el Cardenal Portocarrero hizo de aquel conflicto, un enfrentamiento y desafío personal entre él y Luis XIV, tal como él mismo declararía al final de la guerra.

- Dos. Preparar un contraataque. El problema era que desde la victoria de Milazzo sólo se había parcheado la situación sin solucionar ninguna de las carencias de fondo. La milicia messinesa y las tropas francesas continuaban teniendo unas posiciones ofensiva, y la moral del ejército realista era muy baja. Pero el Cardenal Portocarrero era consciente de que la guerra no se ganaría con una actitud defensiva, había que aprovechar el trastorno momentáneo causado al enemigo en Milazzo para redoblar los esfuerzos de guerra y pasar a la ofensiva.

- Tres. Acabar con el apoyo francés, sin el cual "la revuelta no tiene futuro"[38]. Para ello el Cardenal Portocarrero consideraba esenciales dos cosas: Atacar directamente al ejército francés en el Rosellón y Flandes, momento en que se lanzaría una contraofensiva en Sicilia. Todo ello debía conjugarse con una agresiva acción diplomática en Nimega, destinada a cambiar la actitud de Inglaterra y Holanda (comprometiendo el apoyo de sus armadas a la guerra del Mediterráneo), y movilizar a los príncipes italianos en una alianza con España.

De llevar a cabo estas tres líneas de acción de forma conjunta, consideraba, el Cardenal, que todo el esfuerzo bélico y diplomático francés quedaría dividido y, ante tales circunstancias, Luis XIV negociaría una paz provechosa para España. Por todo lo cual, Portocarrero pedía a Villagarcía que movilizase "a todos nuestros agentes" en la corte y en las embajadas, para que "el rey se decida a apoyarme y no escuche otras voces", dado que consideraba este planteamiento como el único viable para salvar la Monarquía[39].

Pero para el día 9 de septiembre el Cardenal Portocarrero ya estaba otra vez decepcionado y expresaba su indignación con rotundidad[40]: "nada se ha hecho [desde la derrota francesa en Milazzo], nada se está haciendo ni nada se va ha hacer ni en el Rosellón, ni en Flandes, ni en Italia, ni se va a presionar a Holanda para que envíe su armada". Se preguntaba cómo se podía lanzar una ofensiva en Sicilia con esa parálisis militar y diplomática, añadiendo que "el gobierno está ciego porque no se da cuenta que todo está relacionado", que un ataque en un territorio debería ir acompañado de ofensivas en otras zonas. Por todo esto concluía, que "si Holanda y Austria no dan su apoyo más valdría cambiar de alianza", fijando un acuerdo con Francia para dar seguridad a la Monarquía.

Esta es la primera vez que el Cardenal Portocarero planteó la posibilidad de cambiar de alianzas, primero, y de dinastía, después. Para Portocarrero, con el enlace (apoyado por la Reina Madre) entre la hija del Emperador, María Antonia, y Carlos II, la Monarquía reafirmaría sus lazos con un Imperio que no cumplía sus compromisos con España. Este enlace significaría la continuación y extensión de una guerra para la cual España no estaba preparada. Por otra parte, un enlace con los Borbones, esto es, la unión de Carlos II con María Luisa de Orleans, podría llevar no solamente a la paz con Francia, sino al compromiso de Luis XIV en la defensa e integridad de la Monarquía Española.

Para coetaneos como F. de Castellví la relación entre guerra y "sucesión española" fue muy clara, y analizaron la situación de forma similar a como lo planteó el Cardenal Portocarrero: "en esta paz [Nimega] se convino el casamiento del joven Carlos con María Luisa de Borbón, hermana del Duque de Orleans; el mismo día en que en Madrid se publicó el casamiento (...) juzgó la España que en esta alianza aseguraba por algún tiempo la tranquilidad en el reino. La Francia cifraba en esta unión ventajas (...) dos eran los objetivos (...) en el caso que el rey [Carlos II] tuviese sucesión las familias reinantes de Francia y España estarían aliadas. Esto le daría [a Luis XIV] ocasión de adelantar con menos embarazo las conquistas en otros confines (...) en el caso de no tener sucesión [Carlos II], tendría a su lado princesa francesa que inclinaría la docilidad del rey (...) a los intereses de Francia y (...) a hacer recaer la sucesión de la monarquía de España en la línea de los Borbones"[41].

Por lo tanto, ya a mediados de 1677 el Cardenal Portocarrero comenzó a considerar seriamente la posibilidad de un cambio dinástico en España, como remedio para la Monarquía. La falta de apoyo austríaco y holandés, y la situación de Sicilia, ratificaba la necesidad de tal cambio. En el mes de septiembre de 1677, la única acción seria que los ejércitos hispano-austríacos habían realizado para desviar fuerzas francesas del frente mediterráneo, fue poner cerco a Charleroy (Belgica). Esa acción terminó en un sonado fracaso, por lo que Luis XIV pudo liberar fuerzas e incrementó sus acciones militares tanto hacia Holanda y como hacia Italia, atacando con éxito Belvedere y otros puntos (no especificados en esta documentación). Por eso, durante todo aquel mes de septiembre, el Cardenal insistió en las mismas críticas[42]: culpaba de la derrota en Belvedere a los holandeses por no apoyar los ataques españoles, se mostraba decepcionado con Austria y Holanda que "tanto podrían hacer para inquietar a Francia", y llegaba a preguntarse "dónde está la flota holandesa, porque la armada de Nápoles hace mucho que espera en Palermo". Temía que el enemigo descubriese la concentración de navíos en Palermo, "si no lo ha hecho ya", y destruyera la flota nopolitano-siciliana que con tanto esfuerzo se estaba componiendo.

La decepción del Cardenal Portocarrero se extendía a las elites gobernantes españolas, a los Grandes y Títulos especialmente, que "anteponen sus intereses y disputas al bien de la Monarquía", afirmando que "a nadie le interesa lo que pueda ocurrir con la Monarquía (...) el rey está solo y más aislado que nunca (...) si esto continua todo está perdido", porque a la aristocracia "nada de esto le interesa con tal de conseguir mercedes y beneficios"[43]. Dicha decepción llevó a Portocarrero a un mayor convencimiento de que era necesario cambiar el gobierno y el sistema político de la dinastía de los Austrias. Quería dar "la vuelta a esta guerra" y, una vez Primado, regresar a la corte, rescatar al rey, poner a cada uno en su sitio y gobernar mirando por el bien de la Monarquía y del pueblo[44].

Como vemos, poco a poco esta correspondencia va arrojando luz sobre qué era lo que realmente estaba en juego en el conflicto siciliano. De un lado, el enfrentamiento con Francia centrado en el control del Mediterráneo. Por otro lado, la cuestión de Sicilia era utilizada como una pieza más dentro de las banderías políticas internas de España y la Corte. Igualmente, paso a paso, vamos descubriendo algunas facetas del pensamiento político del Cardenal Portocarrero. Años más tarde (1703), siendo arquitecto de la instauración Borbónica, Portocarrero dirigió carta al ministro francés Torcy acusando de la quiebra económica y político-militar de España a los Grandes y Títulos. La actitud de estas elites no había variado esos últimos 20 años, seguían viviendo de la Monarquía y no para la Monarquía[45]:

"En los próximos inmediatos tiempos de reynado del rey nuestro señor Carlos segundo, se hallava la nobleza criada y educada sin aplicación alguna en pura ociosidad, y abituada a que con sola la asistencia del palacio, y los artificios de la negociación se conseguían los primeros empleos de gobierno militar y político, y las mercedes, encomiendas y gracias, sin ciencia ni experiencia ni mérito alguno propio, exercitándolos después con ambición, soberbia u interés, correspondiendo naturalmente a esa infelix conducta, los repetidos malos sucesos los dispendios del erario, y la ruina del estado...".

Sobre noviembre de 1677 podemos establecer el inicio de un segundo momento de la Guerra de Sicilia que llega hasta marzo de 1678. Esta segunda fase se inicia con nuevos éxitos militares españoles. Por consiguiente, las actitudes de la Corte y de las potencias europeas poco a poco irían cambiando en favor del Cardenal Portocarrero.

Desde primeros de octubre el Cardenal, convencido plenamente de que no tenía el apoyo de nadie y de que estaba solo, decidió construir una flota. Para ello, volvió a incrementar la enajenación de todo tipo de bienes y la presión tributaria. Las reales cajas volvieron a quedar vacías, y los sobresueldos y mercedes continuaron suprimidos. La aristocracia perdió las esperanza de que la situación volviera a la normalidad. Así, arreciaron las protestas de nobles, comerciantes, militares..., pero la respuesta de Portocarrero ante tales quejas fue dura e inmediata: llevó a cabo nuevas reformas y destituciones tanto en el gobierno como entre los altos cuadros militares. Por su parte, Villagarcía le informaba de lo alarmada que estaba la Corte ante esta conducta, insistiéndole en que era necesario actuar con mucha más prudencia.

El Cardenal, sin escuchar estas advertencias, continuó con su proyecto. Él era consciente de que estaba hipotecando la capacidad de gobierno económico y político-militar del virreinato. Igualmente sabía del hondo malestar existente entre las oligarquías, entre los comerciantes, y entre la población. Además, temía que el ejército francés se lanzase a un ataque general si llegaba a enterase de tal situación. Pero en carta del 21 de octubre, Portocarrero informaba a Villagarcía de que con su actitud férrea y decidida, había conseguido construir una pequeña flota. 23 naves de Sicilia ya patrullaban las costas intentando obstruir la acción francesa. Aún así, Portocarrero insistía en lo imprescindible que era el apoyo de la armada holandesa[46].

Las acciones de la flota siciliana pronto dieron buenos resultados y, a primeros de noviembre, la flota francesa ya había reducido sus actividades navales. Esto fue acompañado de diversas contraofensivas terrestres, por lo que también, en tierra, las tropas francesas y la milicia messinesa estaban en retirada, siendo, Villagarcía, quien nos proporciona estas informaciones en carta del 6 de noviembre[47]. Para diciembre, los éxitos militares realistas comenzaban a provocar el cambio de la actitud de la Corte, donde los agentes de "CasaPalma" ya hablaban con más fuerza y eran escuchados. Incluso Luis XIV comenzaba a mostrarse remiso a continuar ayudando a unos sublevados empezaban a ir de derrota en derrota. Además, esas derrotas podían dar al traste con los beneficios que Luis XIV estaba obteniendo en las negociaciones de Nimega[48]. Otro dato que nos aporta Villagarcía es el nombramiento del Cardenal Portocarrero como Primado de la Iglesia, razón fundamental que hizo cambiar, definitivamente, la actitud del Cardenal Portocarrero respecto a la Corte, a los grandes y Títulos, y elites gobernantes[49]. Desde ese momento el, ya, Primado Portocarrero se manifestaría con total rotundidad y determinación en sus actitudes y decisiones[50].

Pese a todo, aún hubo algunas malas noticias. Por ejemplo, el 11 de diciembre el Cardenal Portocarrero recibía, alarmado, noticias de que Luis XIV pretendía abrir un nuevo frente asaltando el milanesado. Sus objetivos serían desviar efectivos españoles de Nápoles y Sicilia hacia el norte de Italia, aliviando la presión que recaía sobre las tropas y armada francesas en la Isla y en el Tirreno. También fue informado de que incluso Cataluña iba a ser atacada tanto desde las bases francesas del Rosellón como por mar[51]. Ante tal panorama, el Cardenal pedía a Villagarcía la movilización de "todos nuestros agentes en todas las cortes y principados", bloqueando tales pretensiones con un tratado de paz general que a todos implicase (Nimega). Reclamaba una contundente reacción de la Corte sino, esto "puede ser gran desastre"[52]. Entre tanto afirmaba que, "no queda más remedio que reducir la actividad militar y redistribuir las tropas". Tal decisión causó malestar en la Corte y en el gobierno, que pidieron explicaciones a Portocarrero.

Pero ahora, el Cardenal Portocarrero ya era el Primado de la Iglesia en España y su actitud y respuesta, ante unos gobernantes que consideraba pusilánimes y melindrosos, fue muy contundente[53]: "como virrey de Sicilia dirijo este reino de la manera que creo más oportuna (...) si no están conformes que me destituyan". Como Primado se consideraba máximo defensor del rey y de la Monarquía, del pueblo y de la religión católica, por lo que afirmaba con rotundidad que "el primado solo da explicaciones al rey, al papa y a Dios", y ordenó a Villagarcía así lo comunicara a la corte.

En estas circunstancias se llegó a principios de 1678. Entre enero-febrero de ese año la guerra dio un rápido vuelco. Los intentos de Luis XIV de abrir un nuevo frente en Italia fracasaron, por lo que el Cardenal Portocarrero lanzó una contraofensiva general. Los ataques eran continuados, con frentes muy amplios que dejaban muchos los espacios al descubierto, al no haber efectivos suficientes para controlar y asegurar las posiciones tomadas. Éstas eran simplemente desbordadas. El enemigo estaba sorprendido y desbordado y se retiraba de forma desorganizada. Tal era el efecto que el Cardenal había buscado. En esta situación se comenzaron a controlar los caminos y los convoyes ya no eran asaltados.

 

Pese a las victorias, el Cardenal Portocarrero continuaba recibiendo críticas de sus oficiales y colaboradores porque el avance era demasiado rápido, las brechas abiertas no se cubrían, y la retaguardia ya quedaba muy lejos. Si el enemigo se reorganizaba todo el frente podría hundirse y la derrota sería general. No obstante, el Cardenal Portocarrero estaba satisfecho y entusiasmado con la marcha de la guerra y con sus proyectos políticos[54]: "así es como se dirige un reino, con una sola voz (...) con clara determinación se consigue derrotar a Luis XIV (...) esto es prueba de lo que se podría hacer si nuestra Monarquía tuviese un gobierno decidido, sin parcialidades, con un mando único" (él mismo como nuevo caudillo en sustitución de Juan José de Austria), y si "todos mirasen por el bien de nuestra Monarquía".

Villagarcía respondió a Portocarrero, en carta del 17 de enero de 1678, expresándole su satisfacción y le animaba, porque en la corte muchos ya le prestaban oídos, e incluso los holandeses se mostraban dispuestos a enviar sus naves a Sicilia[55]. Además, en esta carta se añade breve información sobre la buena actuación que estaba teniendo el Conde de Palma, sobrino del Cardenal, en el frente de Cataluña, con victorias importantes y ganando muchos adeptos y protectores en dicho principado, afirmando que "ahora los seguidores de la Casa de Palma son incontables".

La nueva situación quedaba puesta de manifiesto, especialmente, en dos aspectos: Uno, nuevas circunstancias cada vez más complicadas para las tropas francesas, la milicia y el gobierno messinés. Dos, la intensa actividad diplomática que Portocarrero llevó por su cuenta, sin contar con la Corte ni el Gobierno[56].

Respecto al primer asunto, la cuestión militar. El Duque de Bournonville seguía en retirada, y las discrepancias y confrontación entre el ejército francés y el gobierno de Messina se incrementaban, siendo, dicho gobierno, reestructurado varias veces, "pero aún así no han podido cambiar el rumbo de la guerra"[57]. Como respuesta a la ofensiva realista, el ejército francés realizó algunas operaciones, como por ejemplo el ataque al puerto de Agua Viva. El resultado de dichas operaciones fue la continuación de la derrota general rebelde y francesa en todos los frentes. El último gran intento de contraataque francés fue el ataque al castillo de La Mola. El ejército francés y la milicia messinesa concentraron el grueso de sus efectivos para el asalto a dicho castillo. Ante esto Portocarrero estaba tranquilo, convencido de que La Mola resistiría cualquier ataque[58]. Efectivamente, La Mola resistió los ataques. Los franceses tuvieron numerosas pérdidas y muchos messineses desertaron y se unieron a las tropas de Su Majestad Católica. Desde ese momento, La Mola quedó convertida en el gran baluarte de los ejércitos del Cardenal y centro de operaciones militares contra Messina[59].

Respecto al segundo asunto apuntado, referente a la cuestión diplomática, el Cardenal Portocarrero orientó la diplomacia, con cierto éxito, en dos direcciones. Por un lado, conseguir el apoyo de la armada holandesa. A este respecto, Villagarcía comunicaba al Cardenal[60] que Holanda iba a enviar su flota a Sicilia y que incluso Inglaterra estaba preparando su armada para ir al Mediterráneo. Por otro lado, el Cardenal intentaba realizar una alianza con los príncipes italianos.

En las cartas de Portocarrero a Villagarcía del 5 y 10 de febrero de 1678[61], quedan expresados los temores de estos príncipes ante los planes militares de Luis XIV sobre Italia. El Cardenal aprovecho tales preocupaciones para hacer realidad esa alianza. Ésta quedó constatada con la conjunción de las flotas de Sicilia, Milán, Nápoles y Saboya, con el fin de expulsar a la armada francesa del Mediterráneo. Para conseguir tal objetivo se decidió el ataque a las costas francesas, especialmente a los puertos de Tolón y Marsella, bases de la armada francesa del Mediterráneo que, además, daban refugio a los navíos argelinos. Al mismo tiempo en que se llevasen acabo estos ataque, los duques de Saboya y de Lorena prepararían acciones militares terrestres, poniendo a sus ejércitos en Francia. De tal modo, Luis XIV se vería atacado por tierra con más de 60.000 soldados y por mar con una potente flota Siciliana, napolitana, milanesa y saboyana. Sin embargo, de todos estos proyectos militares, lo único que se llevó a la práctica fue la destrucción de la flota francesa en Tolón[62]. Esta acción contra Tolón trajo, de una parte, la interrupción de las ayudas y abastos que los sublevados messineses recibían de la flota francesa; y, de otra parte, la decisión de Luis XIV de retirar sus tropas de Sicilia[63]. Cuando el gobierno de Messina se vio abandonado por Luis XIV, se agudizaron las disensiones en su interior, entre quienes querían la paz y aquellos otros que pretendían continuar la guerra hasta el final.

Con esta situación, para mediados de febrero de 1678 el Cardenal Portocarrero ya veía ganada la guerra. Ante tal eventualidad, Juan José de Austria y los agentes de la Reina Madre se movilizaron, de nuevo, para convencer a Carlos II de que sustituyese al Cardenal y lo despachase a la embajada de Roma. Desde finales de febrero hasta mediados de marzo, Villagarcía intentó convencer a Portocarrero para que no aceptase dicho nombramiento, por el contrario, la Casa de Palma y todos sus aliados esperaban a que el Cardenal pasase a la Corte, ocupase la Gobernación y diese un giro a la Monarquía, tal como había hecho en Sicilia. Villagarcía insistían en que había llegado el momento de dar ese paso, destituir al enfermo Juan José de Austria, expulsar a la camarilla que trabajaba para la Reina Madre, y organizar un nuevo gobierno con él al frente[64].

Villagarcía reiterar esta cuestión. Aconsejaba a su amigo rehuir el nombramiento de plenipotenciario ante la Santa Sede, poniendo como excusa el no haber terminado el ínterin y que la guerra todavía no se había liquidado, por lo que se debía perseverar en una línea que solo el Cardenal podía llevar a cabo. En palabras de Villagarcía: "porque la intención del gobierno es poner a uno de sus amigos en este virreinato (...) que si no es un inepto se llevará los laureles del éxito", quitándoselo al Cardenal, el cual sería confinado en Roma[65]. Portocarrero se mantenía en la duda, mientras que en la Corte sus aliados comenzaban a inquietarse.

El día 25 de febrero de 1678 el Cardenal respondió a las reclamación de Villagarcía señalando cuáles eran sus proyectos para España[66]: poner a la Monarquía bajo un solo gobierno y dirección, encabezado por el rey y aconsejado por el primado. Para ello se debería buscar el momento más apropiado, ganando las mayores voluntades posibles. El Cardenal consideraba que, con Juan José todavía vivo, ese momento todavía no había llegado, por lo que no tenía otra salida que obedecer y desde la distancia, examinar mejor la evolución de la situación mientras sus partidarios iban preparando su regreso. Así pues, Portocarrero estaba dispuesto a aceptar el nuevo destino.

Villagarcía no se conformó con tal respuesta y reclamaba, de su amigo, una enérgica decisión. Insistía en ello Villagarcía, intentando convencer a Portocarrero para que pasase a la Corte. Le garantizaba que ese momento, tan esperado, ya había llegado, que Juan José de Austria estaba muy enfermo y que la Reina Madre se disponía a regresar a la corte por lo que "todos van a estar con el primado" (clara insinuación de que los Grandes y Títulos no querían el regreso de Mariana de Austria). Villagarcía incluso se atrevió a recordar al Cardenal que la responsabilidad del Primado era estar junto al rey, por lo que si desaprovechaba esta oportunidad "pasará mucho tiempo antes de que se presente otra ocasión"[67].

Poco antes de la marcha del Cardenal Portocarrero a Roma Villagarcía le escribió aconsejándole sobre aquella embajada[68], donde la situación era muy distinta a la de 1675, con "nuestra red de agentes muy débil" y con "nuestros enemigos por todas partes". Era otro destino ideal para el fracaso y descrédito de Portocarrero.

Así las cosas, transcurrió el mes de marzo de 1678 con unas últimas ofensivas realistas que obligaron a Bournonville abandonar Augusta e incluso la propia ciudad de Messina. Tras este abandono de la Ciudad, los diputados messineses comenzaron a discutir la rendición[69]. Por su parte, el Cardenal Portocarrero intentaba retrasar lo más posible su pase a Roma, con el fin de que la derrota messinesa llegase con él todavía al frente del virreinato. En estas circunstancias se produjo la llegada a Palermo del nuevo virrey Vicente Gonzaga, quien pretendía tomar posesión del gobierno de forma inmediata pero el Cardenal se negaba a abandonar el cargo. Por ello, Gonzaga se quejaba a la Corte y a Villagarcía, y procuraba paralizar esas últimas ofensivas[70].

Se abre, así, el tercer y último momento de toda esta fase de la revuelta de Messina: el final de la gobernación del Cardenal Portocarrero en Sicilia. Este tercer momento viene marcado por la relación entre Portocarrero y Gonzaga primero y, por éste y Villagarcía después.

El Cardenal Portocarrero no pudo seguir resistiendo las presiones recibidas para que abandonase la gobernación, por lo que el día 20 de marzo la dejó vacante, realizó todos los preparativos para abandonar Sicilia y salió hacia Nápoles. No quería estar en la Isla cuando Gonzaga tomara posesión del Virreinato[71]. Un día después, Portocarrero llegaba a la ciudad de Nápoles recibiendo aviso de la rendición de Mesina. Con esta noticia, el Cardenal se aprestó a escribir a Villagarcía ese mismo día 21, desilusionado por no haber retrasado el viaje un par de días, entonces "todo el éxito hubiera sido mío (...) ahora nuestros enemigos me lo negarán (...) cuando abandonado y criticado por todos (...) he derrotado a Luis XIV"[72]. La última carta del Cardenal Portocarrero a Villagarcía data del 15 de abril, escrita en Nápoles, poco antes de partir hacia Roma. Es una amistosa carta de gratitud hacia su amigo Villagarcía por haberle prestado apoyo incluso en los peores momentos, lo cual "nunca olvidaré"[73].

Hay otra correspondencia que completa los datos hasta aquí aportados. Se trata de las cartas cruzadas entre Vicente Gonzaga y el Marqués de Villagarcía[74]. Sin entrar exhaustivamente en ellas, señalaremos que Gonzaga criticó todo lo realizado por el Cardenal Portocarrero, insistiendo en el estado ruinoso del ejército, la extrema pobreza del pueblo, el malestar entre la nobleza y los comerciantes, y el estado de unas cajas reales totalmente consumidas, "¿qué es lo que ha hecho el Cardenal con este reino?", se preguntaba Gonzaga[75].

Las relaciones entre Vicente Gonzaga y Villagarcía fueron muy tirantes. El máximo enfrentamiento tuvo lugar tras el juramento de la gobernación por parte de Gonzaga, y con ocasión de la rendición de Messina y la posterior represión desatada por el nuevo virrey. Villagarcía, sumamente irritado, recriminó a Gonzaga por dos motivos[76]. El primero: que Gonzaga insistía en informar a la Corte sobre el (supuesto) mal gobierno del Cardenal Portocarrero. A este respecto, Villagarcía advertía a Gonzaga que no consentiría la continuidad de tales falsedades. El segundo motivo fue la represión desatada en Messina. Villagarcía ordenó a Gonzaga parar toda represión, afirmando que, acabada la guerra ya no había enemigos, solo elementos peligrosos. Por lo cual, todo gobernante debería saber diferenciar la brutal represión general de la selección y la individualización para no caer en la venganza, añadiendo[77]: "tome ejemplo del Cardenal Portocarrero que acogió a todas las tropas enemigas que retornaron a la fidelidad de Su Majestad (...) siendo la compasión el arma más eficaz", porque "muchos son los messineses que están llegando a Venecia y a otras repúblicas, por lo que los príncipes se están soliviantando contra Su Majestad (...) todo esto puede hacer fracasar los negocios de Su Majestad en esta y otras repúblicas". La advertencia no acabó ahí, Villagarcía ya había escrito a Su Majestad informándole de todos estos sucesos, y señalando como único culpable a Vicente Gonzaga.

5. CONCLUSIÓN.

El Cardenal Portocarrero estuvo al frente de la plenipotencia de Roma hasta el 20 de abril de 1679. Sin embargo no abandonó Roma hasta agosto, ante las noticias del deterioro de la salud de Juan José de Austria. Juan José fallecía el 17 de septiembre, poco después de la llegada del Cardenal Portocarrero a Toledo, dejando como albaceas de su testamento a los personajes que, pese a todo, más le habían apoyado: Juan de Puente y Guevara (presidente del consejo de Castilla), el Duque de Alba, el Conde de la Monclova Melchor Portocarrero (del consejo de guerra y su hombre de cámara), el Marqués de las Cuevas (su mayordomo), el Cardenal Portocarrero (como primado arzobispo de Toledo) y Fray Francisco Relúz (como confesor de Carlos II)[78].

El ambiente de opinión que dejaba Juan José de Austria era muy controvertido. Un contemporáneo escribía que a su fallecimiento "las manifestaciones de sentimiento no han sido muchas en la corte, pues ni se dejan de hacer comedias ni se dexará de hacer la fiesta de toros"[79]. Otro contemporáneo decía que "fue gran Príncipe, y fuéralo mucho mayor si a este cúmulo de prendas [en referencia a sus buenas cualidades de gobernante] hubiera agregado la liberalidad en los premios, la magnanimidad en las quejas y la lisura y sinceridad en el trato"[80]. Por su parte, el Duque de Medinaceli señalaba que "fue día de grande alegría", en referencia al reencuentro entre Carlos II y su madre el día 21 de septiembre (un día después del entierro de Juan José), algo que Don Juan siempre intentó impedir[81].

Don Juan José de Austria, aparentemente no había conseguido nada, sus reformas no parecían haber dado resultado, y las malas condiciones y situaciones económicas y militares eran peores que cuando él llegó al gobierno. Podemos decir que la opinión general sobre Juan José y la etapa de caudillísmo eran de decepción general, incluso entre las elites económicas y militares catalano-aragonesas, que tanto le habían apoyado. Por ejemplo, Feliu de la Peña (uno de los miembros más importantes del lobby comercial calatán) señaló que "poco devemos los Catalanes al Señor Don Juan"[82].

En estas circunstancias, ¿podía haber un nuevo caudillo?, ¿el Cardenal Portocarrero podía presentarse como un nuevo Juan José de Austria, y con un proyecto de reforma general similar?, ¿podría conseguir el apoyo suficiente para gobernar?.

La noticia del regreso a España del Primado Portocarrero despertó esperanza y contento general, era el único gobernante que había derrotado a Luis XIV. Así queda reflejado en las crónicas de su viaje a España (el buen recibimiento que tuvo en las localidades por donde pasó y en donde se detuvo, incluso en la capital madrileña y, especialmente, en Toledo)[83]. Por lo tanto había ciertas perspectivas para que el Cardenal Portocarrero pudiese alzarse con el gobierno, todo dependía de la rapidez con que actuase. Desde el 20 de marzo de 1678 (fecha en que abandonó Sicilia camino de la embajada de Roma) al 3 de junio de 1679 (fecha en que se entrevistó con Carlos II en la corte) había pasado un año crucial. Portocarrero ¿Tenía todavía tiempo?.

Durante ese año (1678-1679) ya se habían elaborado tres proyectos políticos para sustituir a Juan José de Austria[84]: El primero, era el del Cardenal Portocarrero que, como se ha venido diciendo, se presentaba como figura renovadora del proyecto inicial de Juan José y proponía entablar una paz-alianza estable con Francia mediante el matrimonio de Carlos II con Maria Luisa de Orleans. El segundo, era el de Mariana de Austria, que pretendía construir un gobierno a su medida retornado al sistema de valimiento. Pero los Grandes y Títulos presentaron a la Reina Madre otro proyecto que suponía la rehabilitación del sistema de juntas: propusieron una junta de gobierno , muy similar a la primera Junta de Regencia. Dicha junta estaría presidida por Melchor de Navarra, y el Cardenal Portocarrero tendría en ella silla ,voz y voto. Por su parte, la Reina Madre no tendría ni silla, ni voto en esta Junta, pero estaría convenientemente representada.

Llegado el fallecimiento de Juan José de Austria, la Reina Madre actuó rápidamente, regresó a la corte y aceptó la junta de gobierno que la nobleza le proponía, pero en vez de presidirla Melchor de Navarra sería encabezada por el Duque de Medinaceli. Éste y el Conde de Oropesa fueron los encargados por la Reina Madre para dirigir los diversos gobierno de la década de 1680, intentando rebasar a la Junta y restablecer el sistema de valimiento. Paralelamente, la Mariana de Austria represalió a los juanistas, al clan Portocarrero y sus aliados. Así por ejemplo, a Melchor Portocarrero, Conde de la Monclova, fue enviado a la gobernación de Orán; y asimismo fueron destituidos el Duque de Alba, los marqueses de Astorga, Los Vélez, La Guardia, de Villahumbrosa, y a otros muchos nobles[85].

Ante todo esto, es posible afirmar que es cierto que el Cardenal Portocarrero encontró mucho apoyo a su regreso a España pero, efectivamente, tal como le había advertido el Marqués de Villagarcía, ya era tarde. Para entonces, Mariana de Austria era dueña de la situación. Tuvieron que pasar 20 años para que se volviesen producir las condiciones necesarias que permitieron, al Cardenal Portocarrero, llevar a la práctica el proyecto político que queda esbozado en esta correspondencia, siendo, al fin, brevemente (1699-1703) árbitro y dueño de una nueva situación política con la cual se iniciaría el siglo XVIII.

NOTAS.

1Este artículo se basa en el A.H.N., Estado, leg.3298. Buen complemento de esta documentación que nos disponemos a presentar son las correspondencias entre: Carlos II y el Cardenal Portocarrero, B.N., ms. 2064; el Consejo de Italia con el Cardenal Portocarrero, A.H.N., Estado, leg. 2191.

2Domínguez Ortiz, A.; La sociedad española del siglo XVII. Univ. Granada 1992. vol. I. pp. 220-223. 3Del linaje catalán de los Duques de Cardona, aliados de Mariana de Austria, enemigos los Portocarrero y contrarios a la continuidad de la actividad militar del Conde de Palma en Cataluña.

4B.N. ms. 2043. Correspondencia de Pascual de Aragón con su hermano Pedro, carta del 10 de agosto de 1676. De esto también nos habla Castilla Soto, J.; Don Juan José de Austria. Su labor política y militar. UNED, Madrid, 1992. pp. 239, 319.

5Peña, A.; El estado socioeconómico y político de la nobleza en la segunda mitad del siglo XVII: la Casa de Palma (1670-1699). Inédito. 6Peña, A.; El Cardenal Portocarrero y la crisis sucesoria de la Monarquía Española (1699-1705). Tesis doctoral en curso, inédita. 7Luis XIV pactó con Inglaterra (tratado de Dover, 1670)) lo que le dejó las manos libres para actuar contra Holanda, al tiempo que Inglaterra aprovechaba la ocasión para dirimir sus diferencias comerciales con las Provincias Unidas. España reaccionó, conforme a su alianza con Holanda, entrando en guerra contra Francia, lo cual fue aprovechado por Luis XIV para abrir el frente centro y sur europeos. Salinas, D.; La Diplomacia Española en las relaciones con Holanda durante el reinado de Carlos II. Biblioteca Diplomática Española, Madrid 1989. pp. 39, 41, 45-46. 8Samuel Pepys, elevaba informes al almirantazgo inglés sobre las condiciones estratégicas de estas plazas y, especialmente, de Mesina, ciudad esencial para que Luis XIV pudiera apoderarse de Nápoles y llegar hasta Malta. Alcalá-Zamora, J.; "Razón de Estado y geoestrategia en la política italiana de Carlos II: Florencia y los presidios". Boletín Real Academia de la Historia, 1976. pp. 318. 9Uno de los "caminos españoles", bien analizado en Parker, G.; El ejército de Flandes y el camino español. Alianza, Madrid, 2000. pp. 85-117 y ss, 323-326.
Alcalá-Zamora, J.; "Razón de Estado..." op. cit., pág. 329-330, 333-334.
10Alcalá-Zamora, J.; "Razón de Estado..." op. cit., pág. 319, 321-322, 338. 11Alcalá-Zamora, J.; "Razón de Estado..." op. cit., pág. 320, 324.
Además, David Salinas advierte que Francia permitía a los turcos utilizar la base de Tolón para sus correrías por el Mediterráneo. Salinas, D.; La Diplomacia española...op. cit., pp.109.
12En esta actitud holandesa tuvieron un papel importante los intereses comerciales de este país. Para sacar más beneficios, especialmente más bases en el Atlántico y un aumento de licencias comerciales para Indias, a Holanda le interesaba una España débil, para que ésta continuase su alianza-dependencia militar y financiera. De otro lado, resaltar que la retirada de la armada holandesa del Mediterráneo coincidía con uno de los momentos políticos más críticos para España: el golpe de Estado de Juan José de Austria.
Salinas, D.; La Diplomacia Española... op. cit., pp. 39 y ss.
13Como veremos, el Cardenal Portocarrero, en sus cartas a Villagarcía tenía presente estas tres dimensiones del conflicto. 14Ribot García, L.; La revuelta antiespañola de Mesina: causas y antecedentes (159-1674). Univ. Valladolid, 1982. pp. 37-38, 43 y ss.

15A partir de 1672 el enfrentamiento entre los dos grandes cuerpos estamentales messineses referidos adquiere toda su virulencia, así como la correlación de fuerzas entre las dos sicilias. La situación coincide con una crisis de abastecimientos y subsistencia, que originaron los primeros motines que dieron paso a la Revuelta. Ribot García nos muestra los diversos motines y revueltas que se extendieron por buena parte de la Isla. Tales motines y su represión aceleraron el conflicto entre las dos sicilias: entre Messina y el gobierno virreinal y en la apropia Messina. De tal modo, desde inicios de 1674 se creó el ambiente necesario que posibilitó que los grupos mercantiles pudiesen dar el salto hacia una revuelta política contra el gobierno virreinal. Ribot García, L.; La revuelta ... op.cit., pp. 140 y ss., 148, 55-56 y ss., 61-64, 67 y ss., 75.

16Messina intentaba negociar un nuevo equilibrio económico y político en Sicilia. Ante la imposibilidad de variar la correlación de fuerzas, el gobierno messinés intentó que la división económica y social de la isla tuviese su correspondencia en el plano político-administrativo y, por lo tanto, que la isla se dividiese en dos virreinatos. La cuestión ya era pretendida por lo menos desde 1630. Con la guerra entre España y Francia, los dirigentes de la revuelta vieron la oportunidad de acudir al apoyo francés para hacer realidad dichas pretensiones, integrar más su zona de influencia, y ampliar sus posiciones comerciales en detrimento de Palermo y Nápoles. Ribot García, L.; La revuelta antiespañola... op. cit., pág. 72 y ss, 245. 17Ribot García, L.; La revuelta de Mesina, la guerra (171-1674) y el poder hispánico en Sicilia. pp. 18-19, 23-26. Fundación Juan March, 1983. 18Trevor Davíes, R.; La decadencia Española. 1621-1700. Labor, Barcelona, 1972.Pág. 147. 19Salinas, D.; La Diplomacia Española... op.cit., pág. 49-50.

20Dentro de los preliminares de la Paz de Nimega. Serrano de Haro, A.; "España y la paz de Nimega". Hispania, nº 181,1992. pp. 564 y ss.

21El problema de esta correspondencia es que buena parte de la documentación está cifrada (sistema numérico), lo que nos impide acceder a mucha información. A.H.N., Estado, leg. 3298. 22Dichos Problemas estuvieron presentes durante toda la contienda. 23Carta del Cardenal del día 5 de julio y respuesta de Villagarcía el día 12. A.H.N., Estado, leg. 3298. 24Villagarcía en su respuesta del día 12 señala que hará todo lo posible pero que el Cardenal está abandonado por la corte. 25Tal como informó al consejo de Italia en carta del 12 de noviembre. A.N.N., Estado, leg. 2191. 26El Cardenal Portocarrero estuvo en la embajada de Roma para el cónclave por el fallecimiento de Clemente IX. Entró en el Cónclave el 23 de abril de 1670, con más de cinco meses de retraso desde la convocatoria, al no poder continuar resistiendo las presiones de la Reina Madre. Mariana de Austria mantuvo al Cardenal Portocarrero en Roma renovándole la plenipotencia, enlazando con el fallecimiento de Clemente IX y el subsiguiente cónclave entre julio-agosto de 1676. La reina actuó de forma similar con los aliados de la Casa de Palma como el Marqués Villagarcía, destinado a la plenipotencia de Venecia; o el Conde Santiesteban, destinado al virreinato de Cerdeña. Viteli, Clemente; "Relatione de la corte di Roma", B.N., ms. 1385. 27Con el triunfo de Juan José el clan Portocarrero esperaba que el Cardenal fuese consignado de vuelta a España. Sin embargo, Juan José le nombró virrey de Sicilia. La referida carta de Villagarcía al Cardenal del 12 de julio de 1677 hace alusión que la decisión de Juan José estaba motivada por el temor a tener en la corte a un duro competidor político. 28Carta de Villagarcía al Cardenal el 7 de agosto de 1677. En ella se añaden otros datos sobre la temporal descomposición de este grupo de oposición política. Incluso Villahumbrosa optó por tomar distancias. Pese a todo, todavía pudieron convencer a Juan José para que se enviasen 100.000 escudos en asistencia al reino de Sicilia. Ante toda esta situación, Villagarcía recomendaba al Cardenal prudencia y paciencia. A.H.N., Estado, leg. 3298. 29Tres batallas habidas frente a Strómboli entre las armadas de Francia y Holanda desde el 7 de enero al 2 de junio de 1676. 30La conferencia se convocó a finales de 1675, momento en que España ganaba posiciones en el Rosellón y todavía parecía posible controlar la revuelta de Sicilia. Es, precisamente, en junio de 1677, con los ejércitos españoles en retirada en los principales frentes, cuando los embajadores españoles hicieron acto de presencia en Nimega. Francia, que iba ganando la guerra, prefirió negociar antes con Holanda e Inglaterra, marginando a España, en espera de la victoria militar completa. Serrano de Haro, A.; "España..." op. cit.. pp.. 564 y ss. 31A.H.N., Estado, leg. 3298. 32Carta del día 10 de agosto de 1677. Como observamos, en el transcurso de junio a agosto su actitud frente a este nuevo cargo había cambiado radicalmente. A.H.N., Estado, loc. cit. 33Carta del día 12 de agosto de 1677. Desgraciadamente el contenido de esta carta está en su mayor parte cifrado, por lo que no podemos profundizar más en este asunto. Las preguntas siguen en el aire: ¿qué decisiones y medidas concretas tomó?. A.H.N., Estado, loc. cit. 34A.H.N., Estado, loc. cit. 35Por ejemplo, Villagarcía, en carta del 20 de agosto de 1677 al Cardenal, insistió en que no se podía actuar de ese modo porque el Cardenal todavía no había presentado ningún éxito, ante lo cual, era aconsejable tener paciencia y ser prudentes. A.H.N., Estado, leg. 3298. 36En esta carta se regocijaba, el Cardenal, de las críticas que había recibido, reafirmándose en que, ahora, podía presentar un éxito. Así mismo, se mostraba decidido a someter a la nobleza, sobre la cual aseguraba que no tenía motivos para quejarse porque se la obligara a participar en el esfuerzo de guerra, porque "ella es la culpable de toda la situación". A.H.N., Estado, loc. cit. 37Cartas del Cardenal Portocarrero a Villagarcía al del 1, 4, 9, 26 de septiembre de 1677. A.H.N., Estado, loc. cit. 38Carta del Cardenal Portocarrero a Villagarcía del día 1 de septiembre de 1677. A.H.N., Estado, leg. loc. cit. 39Carta del Cardenal Portocarrero a Villagarcía del día 4 de septiembre de 1677. A.H.N., Estado, leg. 3298. 40Carta del Cardenal a Villagarcía del 9 de septiembre. De 1677. A.H.N., Estado, loc.cit.

41Castellví, F.; Narraciones históricas. Fundación Francisco Elías de Tejada y Erasmo Pèrcopo, Madrid, 1997. pp.74.

42Buen ejemplo es la carta del 26 de septiembre de 1677. A.H.N., Estado, leg. 3298. 43Carta del Cardenal Portocarrero a Villagarcía del 26 de septiembre de 1677. A.H.N., Estado, loc. cit. 44Carta del Cardenal Portocarrero a Villagarcía del 26 de septiembre de 1677. A.H.N., Estado, loc. cit.

45Ministère des Affaires Ètrangères. Correspondencia política (Esp.) 114/25. Citado en Kamen,H.; La España de Carlos II. Critica, Barcelona, 1981. pp. 47.

46El Cardenal pretendía continuar incrementando el número de barcos para extender sus actividades por todo el Tirreno, especialmente controlar el estrecho entre Mesina y la costa napolitana, la ruta Palermo-Nápoles y el triángulo Sicilia-Piombino-Córcega. A.H.N., Estado, leg. 3298.

47Por ejemplo en su carta al Cardenal Portocarrero del día 6 de noviembre de 1677. A.H.N., Estado, loc. cit. 48En esta carta del 6 de noviembre, Villagarcía escribió al Cardenal sugiriendo lo oportuno que sería lanzar una campaña de propaganda en la retaguardia enemiga. Las líneas generales del mensaje que se debería propagar eran, esencialmente, que Francia estaba en retirada y que la guerra de Sicilia ya no era buen negocio para Luis XIV, por lo que éste se disponía a abandonar a la ciudad y al pueblo de Messina, así, la única salida para esta ciudad era volver a la fidelidad de la Casa de Austria. A.H.N., Estado, loc. cit. 49Carta del 6 de noviembre. En ella Villagarcía le daba a conocer tal noticia y le felicitaba considerándolo "un gran amigo". A.H.N., Estado, loc. cit. 50A este respecto son significativas sus cartas a Villagarcía del 11 y del 26 de diciembre de 1677. A.H.N., Estado, leg. 3298. 51No disponemos de tales informes. La referencia a ellos se realiza en la carta que Portocarrero escribió a Villagarcía el 11 de diciembre de 1677. A.H.N., Estado, op. cit. 52Carta del Cardenal Portocarrero a Villagarcía del 11 diciembre de 1677. A.H.N., Estado, loc. cit. 53El 26 de diciembre el Cardenal se dirigió a Villagarcía para que hiciese llegar a la corte este comunicado. A.H.N., Estado, loc. cit. 54Proyectos cada vez más perfilados, teniendo, ya, clara conciencia de que la guerra, en el fondo, era una pugna personal entre él y Luis XIV. Entreveía que en el conflicto España-Francia, al final sólo quedarían Luis XIV y él en un mano a mano para decidir el futuro de la Monarquía Española. Carta del Cardenal a Villagarcía el 8 de enero de 1678. A.H.N., Estado, leg. 3298. 55Carta de Villagarcía al Cardenal Portocarrero del 17 de enero de 1678. A.H.N., Estado, loc. cit. 56Cuestiones señaladas en las cartas del 13, 17 y 23 enero y del 5, 6, 10, 20 y 25 de febrero de 1678. A.H.N., Estado, leg. 3298. 57Carta del Cardenal Portocarrero a Villagarcía el 13 de enero de 1678. A.H.N., Estado, loc. cit. 58Carta del Cardenal Portocarrero a Villagarcía el 5 de febrero de 1678. A.H.N., Estado, loc. cit. 59Carta del Cardenal Portocarrero a Villagarcía el 10 de febrero de 1678. A.H.N., Estado, loc. cit. 60En la ya referida carta del 17 de enero. A.H.N., Estado, leg., 3298. 61A.H.N., Estado, leg., 3298.

62Fue el Duque de Giovenazzo quien llevó a cabo el ataque a Tolón, incendiando la flota francesa y destruyendo el puerto. Maura, G.; Vida y reinado de Carlos II. Aguilar, Madrid, 1990. pp. 215 y ss. Carlos II y su Corte. Librería Beltran, Madrid, 1915. 385 y ss.

63Precisamente, durante febrero de 1678 se intensificó la negociación franco-española. Iniciada en febrero de 1677, hasta a aquel momento no había dado resultados positivos. Pero, ante la nueva correlación de fuerzas en el Mediterráneo, en dos meses se llegó a un acuerdo que fue firmado el 15 abril de 1678. Serrano de Haro, A.; "España..." op. cit., pp. 564 y ss. 64Esta cuestión se pone de manifiesto especialmente en las cartas de Villagarcía al Cardenal Portocarrero del 20 y 25 de febrero y del 12 de marzo de 1678. A.H.N., Estado, leg, 3298. 65Carta de Villagarcía a Portocarrero del día 20 de febrero. De 1678 A.H.N, Estado, loc. cit. 66Carta del 25 de febrero de 1678. A.H.N., Estado, loc. cit. 67Carta de Villagarcía a Portocarrero del día 12 de marzo de 1678. A.H.N., Estado, loc. cit. 68Carta del 19 de marzo de 1678. A.H.N., Estado, loc. cit. 69Carta del Cardenal a Villagarcía del 20 de marzo de 1678. A.H.N., Estado, leg., 3298. 70Carta del Cardenal a Villagarcía del 20 de marzo de 1678. A.H.N., Estado, loc. cit. 71Carta del Cardenal a Villagarcía del 20 de marzo de 1678. A.H.N., Estado, loc. cit. 72A.H.N., Estado, loc. cit. 73A.H.N., Estado, loc. cit. 74Correspondencia entre marzo y abril de 1678. A.H.N., Estado, leg, 3298. 75Carta de Gonzaga a Villagarcía, 3 de marzo de 1678. A.H.N., Estado, loc. cit. 76Carta de Gonzaga a Villagarcía a Vicente Gonzaga, 16 de abril de 1678. A.H.N., Estado, loc. cit. 77Carta de Villagarcía a Gonzaga, 16 de abril de 1678. A.H.N., Estado, loc. cit. 78Castilla Soto, J.; Don Juan José de Austria... op. cit., pp. 319. 79Kamen, H.; La España... op. cit., pp. 545. 80Kamen, H.; La España... op. cit., pp. 545. 81Kamen, H.; La España... op. cit., pp. 545. 82Kamen, H.; La España... op. cit., pp. 547. 83A.D.T. IV/3133. "Información hecha ante el vicario general de esta ciudad [Toledo] y Miguel García Pastor, notario del número de la audiencia arzobispal. 14 de agosto de 1679". "Forma con la que fue recibido el Cardenal Portocarrero". 84Maura, G.; Vida y reinado... op. cit., pp. 260 y ss., 274. 85Maura, G.; Vida y reinado... op. cit., pp. 260 y ss., 274.

FUENTES DE ARCHIVO

A.D.T.
IV/3133.

A.G.S.
Catálogo XIX: papeles de Estado, Sicilia, virreinato español (Valladolid, 1951).

A.H.N.
Estado, leg. 2191, 3298.

B.N.
ms. 1385, 2043, 2064.

M.A.E.
Correspondencia política (Esp.) 114/25.

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