UN MOTÍN ESPAÑOL EN BRASIL:

 

La flota de D. Nicolás Geraldín en la isla de Santa Catalina (1737)

 

 

 

Paulo Cesar Possamai[1]

 

 

 

RESUMEN: En noviembre de 1736 tres embarcaciones dejan Cádiz rumbo al Río de la Plata bajo el comando de D. Nicolás Geraldín. Además de la tripulación, llevaban soldados para la guarnición de Buenos Aires. Al llegar a la isla de Santa Catalina, en el sur de Brasil, una parte de los hombres se rebeló por no haber sido pagada. El polvorín fue la orden del comandante para que comieran harina de mandioca, tomada de buques portugueses apresados durante el viaje. A partir del análisis de este motín comprenderemos como era la vida de los soldados y marineros de esa época.

PALAVRAS CLAVE: motín, soldados, sueldo.

 

 

ABSTRACT: In November 1736 three ships left Cadiz towards the Río de la Plata under the command of D. Nicolás Geraldín. In addition to the crew, they were carrying soldiers to the garrison of Buenos Aires. Arriving at the island of Santa Catarina, in southern Brazil, some men rebelled because they were not paid. The spark that ignited the conflict was the order of the commander to eat cassava flour, taken from the Portuguese ships captured during the travel. From the analysis of this mutiny we will try to understand how was the daily life of soldiers and sailors from that time.

 

KEYWORDS: mutiny, soldiers, salary.

 


 

 

 

Muy temprano Portugal mostró interés por el Río de la Plata, mas recién cuando D. Juan III envió una armada de cinco navíos, bajo el comando de Martim Afonso de Souza, el 3 de diciembre de 1530, que se exasperó la disputa con la Corona de Castilla por la región platense. Para el Consejo de Indias, que administraba las Colonias castellanas, la única solución para resolver el problema sería el envío de una armada para poblar la región. Siguiendo esta política, en mayo de 1534, D. Pedro de Mendoza fue nombrado gobernador y capitán general de las provincias del Río de la Plata.[2]

La expedición de Mendoza fundó Buenos Aires en la margen derecha del estuario en 1536. A pesar de su posición estratégica, la ciudad tuvo un inicio poco promisor, pues el estancamiento económico, sumado a las epidemias y a los ataques de los indígenas, llevaron a su abandono en 1541. Volvería a ser reconstruida en 1580, por Juan de Garay, a fin de facilitar el acceso al mar del Paraguay. Desde entonces, huyendo de las restricciones del monopolio regio, que favorecía las rutas comerciales ya establecidas, controladas por Sevilla en la metrópoli y Lima en América do Sul, la ciudad de Buenos Aires se volvió un próspero centro comercial alimentado por el contrabando.[3]

Varios factores predisponían al Río de la Plata a desempeñar un importante papel en el desarrollo del comercio ilícito durante el período de la Unión Ibérica (1580-1640): la posición atlántica apartada de las rutas oficiales, la vastedad del estuario, que impedía una vigilancia eficiente, la relativa facilidad de acceso al interior a través de las vías fluviales, la gran necesidad de la población en abastecerse de bienes manufacturados y la posibilidades de su obtención a través del contrabando, en mayores cantidades y a precios muy inferiores a los obtenidos a través de la rota oficial de comercio.[4]

Los principales agentes del contrabando en Buenos Aires eran los portugueses. La relativa proximidad del Río de la Plata con los puertos brasileños y la facilidad en la obtención de esclavos en sus factorías en África, eran los principales factores de la preponderancia comercial de los luso-brasileños en la ciudad.

El padre Diego de Altamirano, Procurador de las misiones jesuíticas del Paraguay, escribió al Consejo de Indias diciendo que los comerciantes lusitanos podían vender sus mercaderías en Buenos Aires con precios 50% inferiores a los de los navíos de registro (que estaban autorizados a comerciar directamente con la metrópoli) y a muchísimo menor precio que las mercaderías venidas de Perú por la ruta oficial. Agregaba que los mismos lucraban más, aun en los pagos efectuados en plata, ya que, en el Brasil, ella valía el doble del precio que tenía en Buenos Aires.[5] Según Pierre Chaunu, la plata desviada para el Brasil y Portugal tal vez haya llegado a 10%, 20% o incluso 25% de la producción de Potosí durante los dos primeros decenios del siglo XVII.[6]

Este comercio altamente lucrativo fue limitado, pero no totalmente interrumpido, con el final de la Unión Ibérica, pues era muy difícil impedir las relaciones comerciales que fueron prohibidas durante la guerra por la restauración de la independencia de Portugal. Al término de la Guerra de la Restauración (1640-1668), el reino portugués se encontraba en pésima situación financiera y pesadamente endeudado con las naciones que lo auxiliaron a garantizar su independencia con relación a la Monarquía Católica. Este hecho fue agravado por el gran número de concesiones hechas a los extranjeros en el comercio colonial para asegurar el reconocimiento del ascenso de la dinastía de Braganza al trono lusitano y también por el inicio de la producción azucarera en las Antillas, responsable por la baja en el precio internacional del azúcar, hasta entonces la principal fuente de ingresos de la Corona. En vista de la caída de los ingresos por los productos coloniales, entre el Tratado de Londres de 1661 y los acuerdos de Methuen (1703), el comercio portugués fue marcado por la exportación de la producción metropolitana, con la venta de vinos del norte a Inglaterra y sal de Setúbal para los Países Bajos.[7]

Por eso, la Corona pasó a adoptar una política que buscaba desarrollar las potencialidades económicas de la América portuguesa, ya que el comercio oriental había pasado a manos de los holandeses y parecía definitivamente perdida cualquier ilusión de rearticulación del antiguo monopolio comercial portugués en el Oriente.[8]

A partir de entonces, queda claro el desplazamiento del eje dinámico del Índico para el Atlántico. De hecho, fue la concentración de los esfuerzos en la América portuguesa y en los enclaves africanos que permitió a la Corona portuguesa mantener e  incluso expandir su área da colonización.[9] Dentro de esta política de recuperación económica, el Plata volvió a interesar a los portugueses pues, desde 1640, cuando irrumpió la guerra con Madrid, el comercio de Río de Janeiro entró en decadencia acentuada, ocasionando una baja en el precio ofrecido por el contrato de los diezmos, hecho que demuestra la importancia de la ruta comercial entre la bahía de Guanabara y el Río de la Plata.[10]

La prudente, pero efectiva política de expansión rumbo al Plata que la Corona portuguesa adoptó a partir de la Restauración fue legitimada por la creación de la diócesis de Río de Janeiro, una importante victoria diplomática del príncipe regente D. Pedro frente a la Santa Sede. Ya en el memorial que el Dr. Lourenço de Mendonça, administrador eclesiástico de Río de Janeiro, escribió, alrededor de 1630, sobre la necesidad de la creación de un obispado en la ciudad, él describía la costa brasilera corriendo desde la boca del Río de la Plata hasta el cabo del Norte, en la provincia del Maranhão y Río de las Amazonas.[11] Efectivamente, la Prelacía de Río de Janeiro, creada el 19 de julio de 1576, tenía como límite sur el Río de la Plata, lo que fue confirmado en el siglo siguiente, cuando la creación del obispado de Río de Janeiro, el 22 de noviembre de 1676, por la bula Romani Pontificis, en la cual Inocencio XI estableció el alcance de la nueva diócesis que, desde la capitanía de Espírito Santo seguía “hasta el Río de la Plata, por la costa marítima por el interior”.[12]

La confirmación, obtenida a través de la bula que creara la diócesis de Río de Janeiro, de que el territorio en litigio que iba desde Cananeia, situada al sur del actual litoral paulista, al Río de la Plata hacía parte del “Estado del Brasil”, legitimó la nueva tentativa de fundar una población en el Plata.[13] Otro factor favorable a la reanudación por los portugueses del viejo proyecto de ocupar las márgenes del Río de la Plata fue la decadencia acentuada del poderío español durante el reinado de Carlos II (1664-1700).

 

La Fundación de la Colonia del Sacramento

 

En 1677, el príncipe regente D. Pedro, instruyó secretamente al teniente general Jorge Soares de Macedo para visitar Paranaguá y determinar el valor de las supuestas minas y plata y desde allí pasar al Río de la Plata, donde debía levantar una fortificación en la isla de San Gabriel.[14] Macedo optó por el viaje marítimo y, el 10 de marzo de 1679, bajo su mando, partieron del puerto de Santos siete sumacas rumbo al Río de la Plata. Entretanto, por dos veces, tempestades obligaron a las embarcaciones a regresar al puerto. En la tercera tentativa, una tempestad aun mayor dispersó la flota; cuatro navíos consiguieron regresar a Santos mientras que otros tres aportaron en la isla de Santa Catalina. En ese ínterin, Macedo fue informado que debía seguir para Río de Janeiro a fin de entrar en contacto con el nuevo gobernador, D. Manuel Lobo, que mientras tanto había sido elegido por D. Pedro para comandar la nueva fundación.[15]

D. Manuel Lobo tomó posesión del gobierno de Río de Janeiro el 9 de mayo de 1679, dando enseguida inicio a la preparación de la expedición que iría a fundar Sacramento. La pequeña flota llegó sin mayores problemas a la isla San Gabriel el 20 de enero de 1680. Pero, al tomar conocimiento de la llegada de la expedición lusitana, el gobernador de Buenos Aires, D. José de Garro, envió a su encuentro una comisión a fin de requerir al comandante de los navíos que abandonase las tierras de su rey, pues si no lo hiciese a la brevedad, usaría de la fuerza para desalojarlo de la región. Lobo cerró la discusión con los comisarios españoles con la afirmación de que sin la orden expresa del príncipe regente no volvería un paso atrás.[16]

D. Manuel Lobo inició las obras de construcción de la fortaleza dedicada al Santísimo Sacramento, mientras que a la futura ciudad que pensaba construir en sus proximidades la denominaría Lusitania.[17] No deja de ser interesante la elección del nombre de la fortificación, que exaltaba la religión católica mientras que la futura ciudad exaltaría la nacionalidad portuguesa, dos fuerzas que representan el deseo que los lusos tenían en establecerse definitivamente en las márgenes del Río de la Plata. 

La noticia de la instalación de los portugueses en la margen norte del Plata ya había llevado a la Corona española a protestar contra el hecho en Lisboa, al mismo tempo en que enviara una real cédula al gobernador Garro para que desalojase a los portugueses “a sangre y fuego”. A pesar de que esa orden fuese efectivamente cumplida por el gobernador de Buenos Aires en agosto de 1680, la información sobre la caída de Sacramento recién llegó a Portugal el 5 de marzo del año siguiente, llevada por la flota del Brasil.

Los sobrevivientes de la toma de la fortaleza fueron llevados prisioneros a Buenos Aires y recién el 20 de setiembre de 1680, en respuesta a las cartas de D. Manuel Lobo, llegó a Sacramento el refuerzo venido desde Río de Janeiro, cuando ya hacía más de un mes que la fortaleza fuera destruida por las tropas de Buenos Aires y de las Misiones. Temiendo que la población de origen lusitano que vivía en la capital de la provincia intentase liberar a los prisioneros, Garro envió a los oficiales portugueses para Chile mientras que Lobo, todavía enfermo, y algunos de sus hombres fueron enviados para Córdoba. Con la noticia del armisticio, D. Manuel Lobo pudo ir para Buenos Aires, donde murió el 13 de enero de 1683, antes de conseguir retornar al Brasil.[18]

Mientras tanto, en Europa, confiado en el apoyo de Francia, al mismo tiempo en que se aseguraba la neutralidad de Inglaterra, preocupada en equilibrar sus intereses entre Lisboa y Madrid, D. Pedro dio orden para la movilización de las tropas portuguesas en la frontera luso-española. Negándose a conceder audiencia al embajador español, el príncipe regente envió un ultimátum a España que, dentro de quince días, debería dar satisfacción de lo ocurrido, castigar al gobernador Garro, liberar a los prisioneros y devolver el territorio ocupado.[19]

La violenta reacción de D. Pedro tenía en consideración la debilidad de España, recién salida de una guerra desastrosa contra Francia, por la cual tuvo que cederle el Franco Condado y varias ciudades en Flandes a través del tratado de paz firmado en Nimega, en 1678.[20] Efectivamente, la Corona francesa no tardó en apoyar las pretensiones portuguesas a fin de crear nuevas dificultades a España. Luís XIV prometió “que el Príncipe Regente recibiría de El Rey Católico toda la satisfacción pretendida, pero si el negocio tuviese consecuencias, no perdería las ocasiones que se ofreciesen para hacer algunos servicios a Su Alteza”.[21]

Intimidada, España cedió y el 7 de marzo de 1681, fue firmado en Lisboa el Tratado Provisional, por el cual Carlos II se comprometía a castigar los excesos del gobernador Garro, restituir todas las armas, municiones y herramientas tomadas a los portugueses y liberar a todos los prisioneros de guerra. D. Pedro, por su parte, se comprometía  a ordenar que solamente se hiciesen reparaciones en las fortificaciones hechas de tierra y se construyesen amparos para el personal, pues quedaba impedida la construcción de nuevas fortalezas en Sacramento, así como de edificios de piedra o tapia. No se podía aumentar el número de gente y armas y quedaban prohibidos la comunicación y el comercio entre los portugueses y los súbditos españoles, fuesen blancos o indios. El príncipe debía mandar averiguar los excesos cometidos por los paulistas y devolver los indígenas y el ganado apresados por los mismos, mientras que los habitantes de Buenos Aires continuarían gozando del uso y provecho de las tierras de San Gabriel, así como del puerto de Sacramento. El tratado reglamentaba también que serían nombrados comisarios en igual número para ambas partes para que, dentro de dos meses, se reuniesen en una conferencia en la cual serían definidos los límites del meridiano de Tordesillas. En el caso que los comisarios no llegasen a ningún acuerdo dentro del tiempo máximo de tres meses, la disputa sería resuelta por el Papa, que tendría un año para arbitrar la cuestión.[22]

El Tratado Provisional posibilitó la reconstrucción de Colonia por los portugueses. Entretanto, algunas de sus cláusulas problematizaron la reinstalación de los lusos en el Plata, como la prohibición de la construcción de nuevas fortificaciones y el aumento en el número de pobladores y soldados. La exigencia de que los  paulistas devolviesen el ganado y los indígenas apresados durante sus incursiones no fue efectuada, lo que dio margen para que los españoles pudiesen argumentar que el tratado nunca fuera cumplido en su integridad. El derecho concedido a los habitantes de Buenos Aires de explotar las tierras de San Gabriel se volvió fuente de constantes roces entre portugueses y españoles en la explotación del ganado salvaje de la Banda Oriental.

 

La reconstrucción de Colonia del Sacramento (1683)

 

Aunque la tensión dominase a los súbditos españoles, era imposible oponerse al Tratado Provisional sin rebelarse abiertamente contra el monarca, situación que posibilitó que, el 30 de enero de 1683, una pequeña flota, comandada por Duarte Teixeira Chaves, arribase en el lugar donde se levantara la fortaleza del Santísimo Sacramento a fin de tomar posesión del territorio en nombre del rey de Portugal. El gobernador de Buenos Aires, D. José Herrera de Sotomayor, comandó la entrega del sitio al mismo tiempo que trató de impedir la comunicación entre españoles y portugueses, mandando publicar un bando en que amenazaba con pena de muerte y confiscación de bienes a las personas que negociasen con los lusitanos.[23]

Cinco leguas al norte de Sacramento, a las márgenes del río San Juan, Herrera instituyó un puesto militar, donde un cabo y treinta soldados tenían como misión ahuyentar el ganado salvaje de las proximidades del estabelecimiento de los portugueses, impedir su contacto con los indígenas y vigilarlos para que no construyesen nuevas fortificaciones. Aunque fuese criada con el objetivo de aislar a los lusitanos, esa guardia también sirvió como centro de contrabando y de refugio a los desertores de Sacramento.[24] Otra medida tomada por el gobernador de Buenos Aires para contener la expansión portuguesa fue apoyar el regreso de los jesuitas a la margen izquierda del río Uruguay, de donde habían sido expulsados por los paulistas en la primera mitad del siglo XVII. A partir de entonces, pasaron a ser creadas las reducciones, que serían después conocidas en la historiografía brasileña como los Siete Pueblos de las Misiones.[25]

Entretanto, la perspectiva del fin de la dinastía Habsburgo en España creaba nuevas inseguridades en América. Mientras las principales potencias europeas planeaban la partición de las posesiones de la Corona española, en la corte de Madrid crecía la influencia del “partido francés”, formado por el grupo que entendía que Luís XIV era el único monarca que podía mantener la integridad de los dominios de la rama española de la Casa de Habsburgo. Carlos II acabó por ceder a las presiones y, un mes antes de su muerte, ocurrida en noviembre de 1700, reconoció al duque d’Anjou, nieto del rey de Francia, como su único heredero, dejándole en testamento el conjunto de sus posesiones.[26]

La aceptación del testamento de Carlos II por Luís XIV preocupó a la corte portuguesa, que fue enseguida calmada por el soberano francés, que garantizó a Pedro II que los acontecimientos recientes no alterarían la amistad que su reino mantenía con Portugal, teniendo en cuenta que la ascensión de Felipe al trono español reforzaría los lazos entre Francia, España y Portugal, que aun podían ser estrechados a través de una alianza defensiva. La propuesta agradó a don Pedro II que reconoció a Felipe V como el nuevo rey de España.[27]  

El Tratado de Alianza entre Portugal, Francia y España fue firmado en 18 de junio de 1701. Entre otras cosas, Pedro II garantizaba el testamento de Carlos II, comprometiéndose a cerrar los puertos portugueses a los navíos de las naciones que lo contestasen. En compensación, Portugal aseguró pleno derecho al territorio de Colonia del Sacramento, independientemente de la discusión sobre los límites de la línea de Tordesillas. El reconocimiento de la soberanía portuguesa sobre Sacramento posibilitó la emisión de una orden para la construcción de una fortaleza de piedra y cal, lo que antes era impedido por los términos del Tratado Provisional. En el mismo documento en que encargó el Consejo Ultramarino de reforzar las fortificaciones de Sacramento, Pedro II también encargó fortificar Montevideo, obra que sería seguida de la construcción de un fuerte en la isla de Maldonado.

Mientras, esos planes enfrentaron problemas en su aplicación, pues las autoridades españolas de América tenían diferente interpretación de la defendida por los portugueses con relación al decimocuarto artículo del Tratado de Alianza.[28] Por el Tratado, Felipe V cedía a Pedro II las tierras en las cuales estaba situada Colonia, pero el ítem que especificaba “como al presente lo tiene” creó margen para que el gobernador de Buenos Aires y el virrey del Perú entendiesen que el reconocimiento del dominio portugués no debía extenderse más allá de los campos adyacentes a Sacramento. Eso creaba dificultades para la concretización de los planes de ocupación de Montevideo y Maldonado, que la Corona portuguesa entendía que formaban parte del territorio de Colonia el cual, en su interpretación, abarcaba toda la margen norte del Rio de la Plata, uniéndose al Brasil por el interior e incluyendo hasta las misiones del Uruguay, que se pretendían mantener luego del cambio de los jesuitas españoles por portugueses.[29]

En la práctica, el Tratado de Alianza no cambió mucha cosa en el Plata, pues, si bien los portugueses pudieron mejorar las fortificaciones de Colonia, todavía tenían prohibido crear nuevas poblaciones, al mismo tiempo que la guardia de San Juan continuaba impidiendo las incursiones de los portugueses por la campaña. De hecho, en 1702, con la llegada del nuevo gobernador de Buenos Aires, Alonso Juan de Valdés Inclán, se reforzaron las medidas restrictivas del comercio y la expansión portugueses a través del refuerzo de la guarnición real y de la fortificación de la reducción de Santo Domingo de Soriano.[30]

Si la alianza con España no garantizó un cambio significativo en las relaciones entre los portugueses y españoles en la región platense, en Europa la situación continuaba tensa, pues, si Holanda e Inglaterra habían reconocido el ascenso de Felipe V al trono español, Austria aún se negaba a hacerlo. La conjunción de intereses políticos y comerciales aproximó a Inglaterra y Holanda con Austria, llevando a la firma, el siete de setiembre de 1701, de un tratado por el cual los aliados amenazaban ocupar los Países Bajos Españoles si los franceses no se retiraban de ese territorio en dos meses. En respuesta, el 16 de noviembre, Luís XIV reconoció a Jaime III, que se encontraba exilado en Francia, como el legítimo rey de Inglaterra. Esa actitud sublevó la opinión pública inglesa, que llevó al poder al partido Whig, anticatólico y hostil a Francia. Se formó, entonces, la Gran Alianza de la Haya, compuesta por Austria, Inglaterra, Holanda y Prusia que, el 15 de mayo de 1702, le declaró la guerra a Francia.[31]

Para los enemigos de Luís XIV, era muy importante que Portugal adhiriese a la Gran Alianza, pues el uso de sus puertos facilitaría las operaciones navales de los aliados al lado de la costa española y en el Mediterráneo. La situación era bastante delicada para Portugal, forzado a optar entre la adhesión a los aliados, que traería como consecuencia la invasión del país por las tropas franco-españolas, o mantenerse fiel al tratado de alianza con España, sometiéndose a mantener una guerra marítima de consecuencias funestas para la seguridad de sus posesiones ultramarinas. Dilatando su decisión, Pedro II optó por la neutralidad, tomando la resolución de no cerrar los puertos de su reino y mantener la amistad con todas las potencias europeas.

La actitud portuguesa trajo como consecuencia la pérdida de todas las ventajas obtenidas por el Tratado de 1701. Por eso, en marzo de 1702, Pedro II mandó suspender los preparativos para la fundación de Montevideo, aplicándose todos los recursos que habían sido destinados a la nueva fundación para la mejoría de las fortificaciones de Colonia.[32]

Sin embargo, la neutralidad portuguesa no agradó a ninguno de los bloques en conflicto y, rota la alianza con España y Francia, aumentaron las presiones inglesas para la adhesión de Portugal a la Gran Alianza. La destrucción de la flota española de la plata y de los navíos franceses que la escoltaban, por la escuadra anglo-holandesa, el 23 de octubre de 1702 en el puerto de Vigo, no dejó de impresionar a los portugueses, siempre preocupados con la seguridad de sus posesiones ultramarinas.[33] De hecho, la política de neutralidad presentaba grandes riesgos a la integridad de las posesiones portuguesas, pues frente a la decadencia de los países ibéricos en los siglos XVII e XVIII, solo era posible preservar el mantenimiento del imperio colonial a través de la inserción en el sistema de alianzas europeas, explotando los conflictos entre las potencias emergentes a través de concesiones comerciales en la metrópoli y en las colonias. Por otro lado, la persistencia en la alianza con Inglaterra, aunque tuviese como consecuencia enfrentar la guerra en el Portugal continental, buscaba asegurar la preservación de la economía atlántica.[34]

La guerra entre las Coronas ibéricas llegó enseguida a sus dominios americanos, y en la madrugada del 18 de octubre de 1704 las tropas españolas acamparon a la vista de las murallas de Colonia. A principios del año siguiente, la Corona portuguesa decidió abandonar la plaza sitiada. Una flota llevó a Río de Janeiro a la guarnición y a los pobladores de Sacramento.

 

La nueva reconstrucción de Colonia del Sacramento (1716)

 

En 1715, el Tratado de Utrecht, que selló la paz entre las Coronas ibéricas, ordenó la devolución de Colonia del Sacramento a los portugueses. Los plenipotenciarios portugueses en Holanda fueron el conde de Tarouca y D. Luís da Cunha. Tarouca buscó más que simplemente la devolución de Colonia en la negociación con los españoles, pues buscaba garantizar la expansión de la colonización portuguesa en el Río de la Plata: “Porque escribiendo oí de parte de El Rey de Castilla que si no dijese en el tratado Colonia, pues ya no había tal Colonia, mas dijimos el terreno donde estaba la Colonia, de ahí tomé la ocasión para una gran negociación…”.[35] Pero aunque el Tratado previa la entrega de Sacramento y su territorio, el mismo no fue demarcado en Utrecht, lo que sirvió para continuar la contienda entre portugueses y españoles en la Banda Oriental.

La llegada de la noticia de la devolución de Colonia del Sacramento no fue bien recibida en Buenos Aires. El cabildo reaccionó, en una representación al rey, diciendo que la entrega de Colonia a los lusos resultaría un gravísimo perjuicio a la Corona española y a los habitantes de las provincias de Buenos Aires, Paraguay y Tucumán, así como a los indios de las misiones jesuíticas. Decía que todos necesitaban de la explotación del ganado salvaje que vivía en la Banda Oriental, una vez que la continua explotación y la sequía habían extinto el ganado en la campaña bonaerense. Todavía pedía a Su Majestad Católica, basados en el artículo 7º del Tratado de Utrecht, se le ofreciera a la Corona portuguesa “otra cosa que sea de menos atraso y prejuicio a sus reales haberes y a todos los vasallos que habitan en estos reinos”.[36]

La resistencia del cabildo a la devolución del territorio de Colonia se relaciona, esencialmente, a la tentativa del mantenimiento del monopolio de exportación de cueros, valorizados desde la concesión del contrato de asiento a los franceses.[37] El pasaje del contrato a los ingleses, convenida en Utrecht, sólo aumentó el interés por los cueros, pues, ya en 1715, año de su llegada a Buenos Aires, los asentistas ingleses pidieron permiso para comprar 45.000 cueros. El cabildo procedió entonces a la autorización de la extracción de 20.000 cueros en la campaña bonaerense y  30.000 en la Banda Oriental.[38]

Al mismo tiempo en que crecía el interés de los porteños por el ganado existente en los campos de la otra margen del Plata, el aumento de la población indígena en las reducciones llevaba a los jesuitas a intensificar las retiradas de ganado de la misma región. En 1716, había 121.000 indios en los Treinta Pueblos, que eran anualmente abastecidos por aproximadamente cien mil reses cimarronas traídas de la “Vaquería del Mar”.[39] La anunciada llegada de los portugueses, potenciales competidores en la explotación del ganado salvaje, solo hacía crecer las aprehensiones en la región platense.

El 7 de diciembre de 1715, el gobernador de Buenos Aires, D. Baltasar García Ros, envió una carta al rey, en la cual expuso las consecuencias del regreso de los portugueses al Plata. Argumentaba que, con la llegada de los portugueses, las Misiones se despoblarían, pues los lusos abatirían el ganado, que era el principal alimento de los indios, al mismo tiempo que atizarían a las tribus libres a atacar las reducciones. En cuanto al contrabando decía que aun  “que el gobernador fuese un Argos y sus soldados linces, no podrían estorbar la introducción del ilícito comercio”. Al mismo tiempo, expuso tres diferentes interpretaciones sobre el territorio de Colonia del Sacramento:

 

“La primera entiendo por la Colonia y su Territorio únicamente la situación en que estuvo la fortaleza y su circunvalación, a distancia de tiro de cañón que es solo lo que han tenido posesión los portugueses. La segunda dar más extensión a esta palabra, territorio, incluyendo en ella el uso de las Campañas de aquella banda para las provisiones de carnes, cueros, sebos y grasa para su manutención y los continuos despachos que hacen al Rio de Janeiro. Y la tercera a todas las tierras, que pretende la Corona de Portugal siendo infalible, que en cualquiera clase de estas que se dé cumplimiento a la cesión serán perjudicados gravemente los dominios y real servicio de V. M.”.[40]

 

Decía también que las pretensiones de Portugal incluían Potosí, Chuquisaca, Santa Cruz de la Sierra, Tarija, Asunción, más de treinta reducciones jesuíticas, Corrientes, Santa Fe, Santo Domingo Soriano, la mitad de Buenos Aires e muchas otras ciudades. Aunque eso fuese, realmente, una antigua pretensión de los portugueses, en aquel momento, su interpretación del territorio de Colonia incluía solamente los actuales Uruguay y Rio Grande do Sul,[41] o sea, la segunda interpretación de García Ros.

Entretanto, para el gobernador de Buenos Aires, el territorio de Colonia era solamente lo cubierto por la artillería de la plaza, pues, según él, si antes tenían el usufructo de la campaña, eso no pasaba de robo, lo que sería evitado con el poblamiento de la margen norte del Río de la Plata. Como equivalente de Colonia, proponía la autorización para que dos navíos vinieran anualmente al Plata a intercambiar productos brasileños por los productos de la región: cuero, sebo, grasa y carne salada.[42]

Según Mario Rodríguez, la implementación de la política del “tiro de cañón” se debió a la influencia de los intereses de los colonos junto al gobernador, ya que la explotación del ganado era la principal fuente de riqueza de los habitantes de Buenos Aires.[43] De hecho, en la propuesta de García Ros queda clara la defensa de los intereses de la elite porteña, que deseaba el comercio con el Brasil desde que fuera realizado de acuerdo con sus reglas, o sea, le asegurase el monopolio de la explotación de las riquezas naturales de la región platense.

La disputa por el territorio no implicaba solamente razones económicas y estratégicas importantes para las Coronas europeas. Para España, era de vital importancia para la defensa del monopolio comercial con sus Colonias en América del Sur el control de las dos márgenes del Rio de la Plata. Para Portugal, la posesión de la Banda Oriental significaba el acceso al Plata a través del contrabando, además de la participación en el lucrativo negocio del comercio de cueros.[44] Pero, si el dominio de la Banda Oriental era muy importante para asegurar los intereses metropolitanos, la disputa por sus recursos era aún más intensa por las personas que habitaban la región, un factor de fricción  a sumarse a la rivalidad luso-española. Mientras los colonos españoles aumentaban la explotación del actual Uruguay, los súbditos portugueses de Laguna iniciaban la explotación del Río Grande de San Pedro. El avance de las colonizaciones portuguesa y española tendía a aumentar la intensidad de los choques, antes restringido a las proximidades de Colonia del Sacramento.

Teniendo en vista la convergencia de los intereses coloniales y metropolitanos, las quejas de las autoridades españolas en el Plata fueron bien recibidas en Madrid, donde la cuestión de Sacramento continuaba preocupando a la Corona. El embajador español en Lisboa, marqués de Capecelatro, ofreció a los portugueses como equivalente de Colonia un comercio reglamentado entre el Plata y el Brasil, o sea, seguía el pensamiento de García Ros. Entretanto, la respuesta de los portugueses a la propuesta española fue que dicho equivalente era más ventajoso para España que para Portugal.[45]

La contrapropuesta presentada por los portugueses se basó en tres puntos: el pedido de un puerto en Galicia para abrigo de tempestades y corsarios a los navíos que vinieran del Brasil y el derecho de comerciar con Buenos Aires, sin excluir la extracción de plata. Si hubiera dificultad en la aceptación de los puntos antecedentes, proponían que cada año y para siempre, los españoles cedieran trescientas mulas o trescientos caballos, alternativamente. Recusando la contrapropuesta, Capecelatro propuso que se redujese la cuestión a una suma de dinero, lo que no fue aceptado.[46]

Como las contrapropuestas portuguesas también fueron recusadas, Felipe V ordenó, por real cédula de 11 de octubre de 1716, que el gobernador de Buenos Aires hiciera la entrega inmediata de Colonia del Sacramento a los portugueses. Con todo, adoptó el punto de vista de García Ros al ordenar que el territorio cedido no debía pasar del alcance de un tiro de cañón disparado desde los muros de la fortaleza, distancia que Arthur Ferreira Filho calculó en cerca de tres quilómetros.[47] Ros debía mantener las guardias de Soriano y San Juan para impedir toda la tentativa de expansión más allá del límite trazado, como también oponerse a la creación de nuevas poblaciones lusitanas en el Plata, más allá de impedir cualquier transacción entre portugueses y españoles ordenando “que  ni aún para lo más preciso de bastimentarse se permita el comercio”.[48]

En la toma de posesión, el gobernador Manuel Gomes Barbosa expuso lo que los portugueses entendían como perteneciente al territorio de Colonia: “tanto para la parte del norte, por donde se continua actualmente el dominio de Portugal, como para la parte del este, y desembocadura del Río de la Plata”.[49] Por eso pidió a los comisarios españoles la retirada de la guardia del río San Juan. Recibió una negativa con base en el argumento de que el territorio de Colonia del Sacramento se restringía al alcance de un tiro de cañón disparado desde la fortaleza, idea del gobernador de Buenos Aires aprobada por la Corona española. Siguiendo las órdenes de Lisboa, Gomes Barbosa hizo registrar su protesta contra la limitación impuesta por los españoles y dio inicio a las obras de reconstrucción de la fortaleza.

La restitución de Colonia del Sacramento a los portugueses llevó a la corte de Madrid a retomar sus proyectos de poblamiento de la margen norte del Río de la Plata. En 1719, el gobernador Manuel Gomes Barbosa informó al gobierno metropolitano que navíos españolas sondearon la ensenada de Montevideo y que fuera enviada a España una planta de la nueva fortificación a ser erigida en el lugar.[50] Al analizar la carta enviada por Barbosa, el Consejo Ultramarino fue del parecer que se pusiese en práctica el proyecto de poblar Montevideo y Maldonado.[51] Entretanto, ambos proyectos permanecieron parados hasta 1723, cuando los portugueses tomaron la iniciativa, como veremos a continuación.

Los hombres que gobernaron Colonia nunca aceptaron las intimaciones de los gobernadores de Buenos Aires en el sentido de aplicar la regla del “tiro de cañón”, ya que la Corona portuguesa tenía otra noción de lo que era el territorio de Sacramento. En 1723, el Consejo Ultramarino escribió al gobernador Antonio Pedro de Vasconcelos que “nos conviene se haga la demarcación del territorio”. Si los españoles se negasen a iniciar el cómputo a partir del Río Negro, “se podía entrar en la negociación de partir por el río de San Juan, continuando por las partes que señala hasta parar en los cerros de Maldonado”. Los consejeros sabían que no sería fácil convencer al gobierno español en aceptar su punto de vista acerca del alcance del territorio de Colonia y por eso recomendaban que, mientras la cuestión permaneciese en negociación, se debería insistir con la corte de Madrid para que los españoles “nos dejasen usar de aquel mismo terreno por algunos años”.[52]

 

El cerco a Colonia del Sacramento (1735 a 1737)

 

El inicio de las hostilidades en el Río de la Plata, en 1735, fue la consecuencia de una serie de tensiones que en Europa y en América oponían los intereses de los españoles al de los portugueses, cuyo pretexto para iniciarlo fue un pequeño incidente diplomático ocurrido en Madrid.

En un domingo de carnaval, el día 20 de febrero de 1735, los criados del embajador portugués en la corte española, Pedro Álvares Cabral, Señor de Belmonte, liberaron a un hombre que estaba siendo conducido preso por los soldados por las calles de Madrid, dándole acogida en la casa del embajador. Dos días después, cien soldados invadieron el palacio del Señor de Belmonte, deteniendo a todas las personas que allí se encontraban. Aunque el embajador protestase contra la violencia, de nada sirvió su intervención.

El incidente ocurrido en Madrid provocó la división de los consejeros del monarca portugués, Juan V, entre los que proponían una conciliación y los que exigían una represalia inmediata. El segundo grupo venció y, el 13 de marzo, sesenta soldados y tres oficiales ocuparon todas las entradas de la casa del embajador español, marqués de Capecelatro, deteniendo a doce criados suyos que fueron llevados a la cárcel de Lisboa.[53]

La noticia del desentendimiento entre las Coronas ibéricas dio oportunidad al gobierno español para arreglar la situación con los portugueses en el Río de la Plata y atender a las quejas de los jesuitas y el Cabildo de Buenos Aires sobre los “excesos cometidos en los ganados vacunos de la otra banda por los portugueses de la Colonia”,[54] conforme carta del Cabildo al rey, con fecha de 15 de abril de 1733.

El secretario español, D. José Patiño aprovechó el momento y, con la doble finalidad de agradar a los porteños y hostilizar a los portugueses, enteró al nuevo gobernador del Río de la Plata, D. Miguel de Salcedo, de las quejas del Cabildo bonaerense, ordenándole que durante su gobierno se informase de los nuevos caminos abiertos por los portugueses para el Brasil y destruyese todos los estabelecimientos, quintas, estancias y animales que los lusitanos poseyesen fuera del área cubierta por la artillería de los muros de Sacramento, solicitando la ayuda de los indios misioneros si fuese necesario. Debía también impedir todo el comercio entre portugueses y españoles y limitar a los lusitanos la navegación del Plata a las rotas estrictamente necesarias para la conexión de Colonia a los demás dominios portugueses.[55]

Apenas llegó a Buenos Aires, en marzo de 1734, Salcedo se empeñó en cumplir las órdenes recibidas. En la represión del contrabando, ordenó la sustitución de los antiguos fiscales reales, algunos fueron presos y tuvieron sus bienes confiscados.[56] En marzo del mismo año, Salcedo escribió al gobernador de Sacramento, Antonio Pedro de Vasconcelos, informándole de la “expresa orden del Rey mi amo para arreglar y demarcar los límites de esa Colonia”. Vasconcelos le contestó que “se encontraba sin las instrucciones o poderes de S. Majestad, para entrar en esta conferencia”. Salcedo insistió en el asunto en otras dos cartas, mientras que Vasconcelos continuaba a alegando su falta de competencia para determinar los límites del territorio de Colonia del Sacramento.[57]

Entretanto, el 18 de abril de 1735, D. José Patiño comunicó al gobernador Salcedo que el rey resolvió “que sin esperar a que formalmente se declare la guerra con los portugueses, y solo en virtud de esta orden, se sorprenda, tome y ataque la ciudad y Colonia del Sacramento”.[58]

Mientras tanto, en Europa, los gobiernos de Lisboa y Madrid iniciaban los preparativos para la guerra. En cumplimento de los tratados de alianza con Portugal, en junio, entró en el Tejo una escuadra inglesa compuesta de treinta navíos y más de doce mil hombres. Al mismo tiempo, la Corona ordenó al gobernador Vasconcelos que se previniese contra cualquier ataque español, aviso innecesario, ya que sabía lo que pasaba en Buenos Aires a través de las informaciones proporcionadas por los españoles que visitaban Colonia y por los espías que mantenía en dicha ciudad.[59]

Según uno de los cronistas del sitio, una embarcación que salió de Lisboa a fines de marzo y llegó a Sacramento el 21 de junio trajo al gobernador la orden del rey “para que se preparara para un largo sitio, por sospechar que los españoles le iniciarían la guerra por esta parte, pero que lo hiciera con toda cautela, sin que ellos lo pudiesen prevenir por no ser motivo de anticiparse a la ruptura”.[60] El gobernador estaba en una situación difícil, pues según las órdenes regias debía iniciar los preparativos de la defensa, pero sin alertar a los españoles, a fin de que no iniciaran el ataque.

El 29 de julio se inició el bloqueo naval a partir de Montevideo, cuando navíos portugueses fueron apresados por los españoles. En 20 de octubre las tropas españolas y misioneras avanzaron sobre los alrededores de Colonia, saqueando el ganado y las quintas de los pobladores y poniendo en retirada a la caballería portuguesa. El día 22 los españoles acamparon en Veras (futuro Real de San Carlos), distante una legua y media de la plaza, desde donde lanzaron un destacamento de cuatrocientos caballeros que impidieron la salida de los portugueses, capturando a dieciséis esclavos y algunos moradores que no tuvieron tiempo de entrar en la fortaleza. El 6 de noviembre el bloqueo naval apretó, cuando ancló frente al puerto de Colonia la nave de registro San Bruno, equipada con cuarenta cañones. Como refuerzo, venía acompañada de siete lanchas. El día 10 los españoles desembarcaron en la isla de San Gabriel, donde dieron inicio a obras de fortificación. Seis días después llegaron nuevos refuerzos en otra nave de registro y tres lanchas más.[61]

Del 28 de noviembre hasta el 9 de diciembre de 1735 los españoles bombardearon Colonia del Sacramento causando “horroroso estrago en las propiedades de la población” según el alférez Silvestre Ferreira da Silva, autor de uno de los relatos del cerco.[62]

La conquista española solamente pudo ser evitada gracias a una grande movilización de navíos de guerra, tropas y suministros que venían desde Brasil y Portugal. La llegada de la primera flota de socorro, enviada por el gobernador de Río de Janeiro hizo con que los españoles abandonaran el bloqueo fluvial y se aferrasen al bloqueo terrestre, donde tenían fuerzas superiores. El dominio del Plata por la flota portuguesa fue asegurado por la llegada de otra frota de Lisboa, que mantuvo los navíos españoles anclados en la ensenada de Barragán. Así los luso-brasileños pudieron continuar a enviar suministros a Colonia al mismo tiempo que una parte de la flota bloqueaba el puerto de Montevideo.[63]

Sin contar con el bloqueo fluvial los españoles no podrían conseguir conquistar Colonia y además se arriesgaban a perder a Montevideo y a ver los a portugueses fortificar Maldonado. Por eso el gobernador de Buenos Aires pidió refuerzos navales a la metrópoli. Las fragatas Hermiona e San Esteban salieron de Cádiz el 9 de mayo de 1736. A bordo seguían doscientos Dragones -divididos en cuatro compañías- que deberían ayudar a las tropas del gobernador Salcedo a conquistar Sacramento.[64]

En 12 de octubre Salcedo escribió a Patiño, avisándole de la llegada de las fragatas, pero el  gobernador hizo saber al secretario del rey que, en vista de la superioridad naval dos lusos, necesitaba de más dos fragatas. Ya en julio, Patiño había ordenado la partida de la fragata El Javier del puerto gallego de El Ferrol, la cual zarpó en 27 de agosto, llevando la noticia de que en breve seguirían otras que se estaban armando en Cádiz, bajo el comando de D. Nicolás Geraldín.[65]

 

El derrotero de D. Nicolás Geraldín hasta la isla de Santa Catarina

 

En 1o de noviembre de 1736, salieron de Cádiz las fragatas La Galga (armada con 46 cañones y tripulada por 323 marineros) y La Paloma (con 52 cañones y 320 hombres). Seguía también el paquebote El Rosario (con 6 cañones y 40 hombres). Las deserciones fueran pocas, pues en alto mar se constató que faltaban solamente cuatro marineros. Divididos en las tres embarcaciones fueran despachados 220 infantes del regimiento de Cantabria para reforzar a guarnición de Buenos Aires.[66]

En 1o del mes siguiente, D. Nicolás Geraldín pidió el parecer de un comisario sobre una de las instrucciones que debía seguir, la cual, según él, “se podría dar diferente sentido”. La cuestión era sobre el apresamiento de navíos de guerra y mercantes portugueses que encontrase durante su viaje rumbo al Río de la Plata. El comisario evitó dar su opinión. Según el comandante, el comisario “no supo sacarme de mi duda, sea por no alcanzarlo o de temer de las resultas [sic]”. Por eso resolvió “apresar todo lo que encontrase de portugués, teniendo por menos inconveniente ser reprendido por haber destruido el enemigo que por no haberlo hecho”.  Fue amparado en su decisión tras recibir la noticia, por un paquebote que venía de Buenos Aires rumbo a España, que el gobernador ordenara apresar a todos las embarcaciones enemigas. Racionó el comandante que “sin duda [Salcedo] no hubiera dado tal orden si no fuese bien instruido del animo del Rey, mi piloto Pedro Sagardía que venía en él me lo aseguró”.[67] El comandante todavía no estaba seguro de cómo debía actuar a pesar de las instrucciones. Temía ser juzgado por una acción suya que fuera prejudicial a la Corona por una mala interpretación de las órdenes que debería seguir.

En 11 de enero de 1737, la flotilla española avistó un navío que no sabia al cierto se era francés o portugués. Después de un breve bombardeo el buque se rindió. Era una embarcación portuguesa que venía de Angola con 634 esclavos a bordo. El comandante español seguía si estar seguro de lo que debería hacer, mas para evitar que los portugueses llevasen al Río de Janeiro la noticia de que una flota española seguía para el Plata, decidió llevar el buque hacia la isla de Santa Catarina, donde se pensaría lo que hacer con él y su carga.[68] Más tarde, la venta de los esclavos apresados originaría una disputa entre Geraldín y Salcedo, ambos interesados en las ganancias de la subasta de los negros.[69]

El 21 fue apresada la galera Santo Antonio e Almas. Llevaba mantenimientos desde Río de Janeiro hasta Colonia: biscochos, harina de mandioca, porotos, arroz, pollos, pescados salgados y leña. Amén de la carga, los españoles tomaron importantes informaciones sobre los efectivos y el potencial de fuego de la  flota portuguesa en el Río de la Plata y que las fragatas La Hermiona y San Esteban habían conseguido escapar de la flota lusa que las esperaba en la boca del Plata y encontrado refugio en la ensenada de Barragán.[70]

En el día 29, han sido apresadas más dos embarcaciones que venían del río de San Francisco del Sur (en el actual estado brasileño de Santa Catarina).[71]  Eran el paquebote Santo Antonio y el bergantín São João Batista. Llevaban más suministros para Sacramento: aguardiente, bacalao, sardinas, arroz, harina de mandioca, porotos, vinagre y aceite. [72]

En 2 de febrero la frota llegó al norte de la isla de Santa Catalina, donde procuró proveerse de agua. Allí se repartieron los víveres encontrados en las embarcaciones apresadas, que fueran desmontadas para reforzar el buque negrero con el material naval extraído de ellas.[73]

 

El motín en Santa Catalina (1737)

 

En 8 de febrero, D. Nicolás Geraldín verificó que solamente contaba con biscochos para sesenta días, pues una parte de ellos se había podrido durante el viaje. Como temía volver a España caso no consiguiera llegar a Buenos Aires, mandó dar media ración bizcocho a la tripulación, que sería complementada con media razón de la harina de mandioca tomada de los buques portugueses, agregando que “no llegasen las tripulaciones a comerla sola, a lo que no estaban acostumbrados”.[74] Pero cuando el alférez de navío, don Juan de Soto, avisó al comandante que la tripulación se negaba a recibir mitad de la razón en harina de mandioca, Geraldín ordenó que se pusiese en el cepo al primer ranchero. Llamó entonces a don Antonio Ríofrio a quien previno que hablase con su gente para hacerlos aceptar lo que se les daba. Después habló con el teniente coronel, comandante de la infantería “para que no siguiese su gente el mal ejemplo”.[75]

La versión del oficial de infantería es la siguiente:

 

“dicho comandante me llamó a su cámara y me pidió que en medios, que la tropa de marina y tripulación no querían tomar dicha medida ración hiciese, que mi tropa por más subordinada la tomase, lo que luego se puso en practica, haciendo que mi ayudante con todos los rancheros bajasen a la despensa a tomarla, lo que ejecutaron de buena voluntad, a la reserva del cabo de escuadra, que nombraba todos los días, para que dichos rancheros no hicieran fraude en la ración, este solo fue el que repugnó, y le mandé poner de cabeza en el cepo”.[76]

 

Según el diario de Geraldín, los problemas empezaran cuando el teniente de infantería avisó al comandante que la tropa se sujetaba a aceptar la ración si él liberase al ranchero del cepo, proposición que el comandante consideró una osadía, pero dijo al oficial que se empeñaría en ordenar su libertad después que hicieran lo que se ordenaba. [77]

El teniente don Juan de Soto intercedió, pidiendo al comandante que soltase dos marineros presos que tenía en el cepo “por haber tomado de una canoa”. Pero Geraldín “no consintió en dar oído, diciendo que los soldados no le habían de dar la ley”.[78] A la intransigencia del comandante la tropa se insubordinó: “pues acudieron todos a tomar dicha harina, pero después la arrojaron al combés, ambas tropas, diciendo mil insolencias”.[79]

Algunos fueron castigados y se fueron a comer, pero no cesó el motín, pues soltaron el soldado que estaba en el cepo y cuando el comandante envió sus oficiales a prenderlo otra vez, fue sorprendido por los soldados de infantería que “me hicieron retroceder poniéndome las bayonetas en el pecho, y como me hallaba sin armas y enfermo me retiré a mi cámara en donde pusieron centinela para que no saliese”.[80]

Según el relato del teniente coronel de infantería:

 

“hasta siete u ocho soldados de marina se echaron sobre las armas; y haciéndose dueños de ellas les acompañaron los demás, que estaban con ellos confabulados, de donde se siguió, que algunos de mi tropa les acompañasen, y a los que no querían a golpe de sable las hicieron tomarlas; y habiéndose opuesto a esta deliberación un Capitán un Subteniente y un Sargento fueron maltratados, y el sargento herido habiéndonos atropellado a todos los oficiales, haciéndose dueños del navío, y demás personas, que con toda suavidad procuramos atraerlos a la pacificación, a lo que nunca quisieron convenir por más partidos”.[81]

 

A seguir los revoltosos se pusieron dieron sus razones:

 

“gritaron que se soltasen los presos, diciendo no queremos harina de palo; otros dijeron que el Rey no les pagaba, que se les debía el vino de la campaña pasada. Se quejaban mucho de que su capitán no les había pagado el año de sueldo que se dio a la salida, por cuyo motivo el día que puse a la vela de Cádiz no querían virar el cabrestante sin que les pagarse, pero lo hicieron a instancias y ruegos de su capitán”.[82]

 

Al oír eso, Geraldín mandó llamar al capitán y le ordenó que pagase a la tripulación. Pero a pesar de su promesa ano los pagó, por eso el comandante tuvo que  ordenarle otra vez que hiciera el pagamento. Aquí vemos como era escaso el poder del comandante, pues el capitán le dijo entonces que: “tenía empleado el dinero de ellos y no los podría pagar”.

El comandante intentó hablar con los lideres de los amotinados que querían seguir para Río de Janeiro. Geraldín intentó disuadirlos de “la infame acción que iban a hacer”. Le contestaron que no tenían queja de él, pero que querían pasarse a los portugueses o bajar en la isla de Santa Catalina. Un grupo le pidió perdón, pero algunos reaccionaron al intento de conciliación cortando un cable y amenazando cortar el otro si el piloto no los llevase a la isla.

Viendo que sucedía algo raro a bordo de La Galga, los oficiales de la fragata La Paloma intentaran contactar con el comandante, pero Geraldín se negó a aceptar la arribada de su bote, pues temía “que se aumentase el levantamiento”. Pero aceptó que el capellán de La Paloma se acercase en un bote pequeño y subiese a bordo. Abajo presentamos el relato del capellán:

 

“…habiendo acabado de comer con el Capitán y Oficiales, oímos todos grandísimas voces y rumor, ignorando de que parte salían, y fuimos al corredor y conocimos que eran en la Galga, y al mismo tiempo, pasó por nuestra popa un oficial de ella, a quien preguntamos, que novedad había en su navío, nos respondió, que la tropa de transporte, unida con la de marina, se habían sublevado en su navío: nos pusimos todos a observar los movimientos que hacían y vimos que iban haciendo diligencias para levar las anclas, y juntamente iban previniendo la artillería; con cuyo motivo mi capitán les habló con la bocina, diciendo, no hiciesen movimiento y que dijesen, que es lo que solicitaban, que todo lo posible se les concedería, como no fuese en ofensa de Dios ni de nuestro Rey, y que ni se moviesen, a lo que respondieron, que no nos metiéramos en eso, que ellos sabían lo que se hacían; a esta razón replicó mi capitán D. Francisco Maldonado, que si se moviendo harían, los había de echar a pique; a lo que ellos respondieron, que también harían su deber; y en estas razones, no cesaban de maniobrar para levarse: este supuesto, y viendo el capitán de este navío, que nada se podía remediar; les volvió a hablar y dijo que si querían iría a hablarles el padre capelán; y respondieron que fuese: yo al instante me embarqué en un serení y fue a su bordo, y luego que subí al Alcázar llamé y hablé a los dos principales levantados, y les dice que motivos tenían, para hacer semejante acción, indigna a hombres de bien y cristianos, que si no estaban contentos con su comandante que mi capitán les ofrecía los partidos que quisiesen, que fuesen arreglados a ley a cuya proposición, me respondió uno de ellos, padre mío; no nos quejamos del comandante ni tenemos motivos para ello, sí nos quejamos de algunos oficiales de este navío y de nuestro capitán D. Antonio Riofrío que este se queda con el dinero, que nos pertenece, y los otros nos maltrataban de obra y de palabra: estando en estas razones, y yo reprendiéndolos con bastante audacia, confiado en uno de ellos, que había estado embarcado en navío que yo también había estado; llegó otro soldado a mí y me tomó la mano, y la besó, y me dijo, para que Usted vea Padre Capellán que no tenemos, queja del comandante; prueba de ello es, que hoy tenía todos sus vestidos colgados tomando viento, porque estaban húmedos, y se los hemos llevado a su cámara, todos intactos, y sin quitarle ni un par de calzones; solo nos quejamos a los oficiales que tan mal tratamiento nos dan; y no sólo no nos dan trasporte de presa, ni el dinero del vino, sino que hoy nos han querido dar harina de palo: esta es la verdad de lo que me acuerdo y juro: in verbo sacerdotis”.[83]

 

Ante el peligro de que las dos fragatas podrían enfrentarse,[84] Geraldín intentó otra vez calmar los ánimos. La amenaza del comandante de La Paloma de que dispararía si los marineros de La Galga no arriasen las velas hizo con que muchos se dispusiesen a ponerse de acuerdo con el comandante, a excepción de Cristóbal Rodrigo y Francisco Muñoz. Gerladín ofreció a todos el perdón general en nombre del rey, pero temiendo que sus compañeros lo aceptasen, Cristóbal puso la pistola al pecho de Geraldín diciéndole que “aquí no hay más comandante que yo”, y lo forzó a volver a su cámara.

Pero viendo que la mayoría quería aceptar el perdón, Cristóbal se embarcó en un bote con cuatro compañeros y cinco prisioneros rumbo a la isla de Santa Catalina. Después vino Muñoz a decir que “cuando se fue la lancha se fue el autor del motín”. Pidió el perdón que le fue prometido. También pidió los botes para ir a la iglesia “y que inmediatamente volverían a bordo con la circunstancia que fuese un oficial en cada embarcación para que no se disparase sobre ellos”. Se concedió el perdón por segunda vez, pero Geraldín intentó que no fueran a “tomar iglesia, que era el verdadero seguro”[85] para que los habitantes locales no avisasen la flota portuguesa de la llegada de las fragatas españolas. A eso no quisieron convenir y a las ocho se fueran llevando algunos soldados y marineros a fuerza y también embarcaron con prisioneros portugueses. Se fueron llevando consigo el piloto y un oficial, amén de armas y bastimentos después de “haber dado muchos palos al armero” y casi matar al condestable que les negó los cartuchos que acabaron por llevar.

Más soldados de infantería vinieron en busca del perdón, lo que les concedió el comandante con la condición que no siguieran a los desertores. Así concluyó su relato Geraldín: “Después de la ida de estos levantados quedó todo sosegado y sin ruido y se reconoció faltar de nuestra infantería 60 hombres y otros tantos de tierra”.[86]

El día 10, hasta las once de la noche, volvieron los botes. Muchos habían bajado en la isla a pesar de la tentativa de oposición de los portugueses, resultando en un soldado muerto. En vista de la superioridad del numero de los españoles, los portugueses volvieron a la villa, dejando los intrusos en tierra. A pesar de todo, los amotinados prometían embarcar otra vez si les pagara los sueldos en retraso, pero como se les negó, “dijeron a este oficial [Espínola] que hasta ahora habían sido vasallos de Felipe Quinto y querían ser en adelante del rey de Portugal”.[87]

El teniente coronel de infantería más tarde había de relatar al gobernador de Buenos Aires que, debido a la intransigencia del comandante de la flota, se dejaron en tierra soldados que hubieran seguir al Rio de la Plata si se les pagase lo que les debía:

 

“Luego que saltaron en tierra uno de los oficiales de marina lo despacharon para que diese noticia, que querían después del seguro que tenían de la Iglesia les diesen hasta cien doblones, que les debían del viaje, que poco habían hecho a la Habana, que con eso volverían al navío; a cuya proposición no se respondió por el Comandante, ni por otro alguno, sólo se pensó el canjear al oficial, y el Piloto con otros oficiales portugueses; y viendo yo, y el capitán mío, que en tan corta cosa consistía, hice una representación al comandante para que dicho Capitán mío pasase donde estaban los levantados, de quienes teníamos noticia lo clamaban para venirse incorporar con sus compañías; y pidiéndole al Comandante una lancha para este fin no convino, diciendo n lo podía permitir, a causa de levarse luego antes, que pudiesen los de la isla participar la noticia a la escuadra portuguesa, que estaba en el Río de la Plata, lo que ejecutó en dos días: quedándose esta tropa perdida por falta de aplicación, y sobra de mala conducta, del que mandaba; pues con tiempo pudo remediar estos daños, y como llevo dicho, si hubiera convenido en darnos la lancha, pudiéramos haber logrado el fin de traer nuestras compañías completas, y en el estado, que salimos de España. La gente, que perdimos las dos compañías fueron la mía veinte y cinco y la de Don Francisco Gorriti veinte y siete”.[88]

 

El comandante cambió cartas con la autoridad portuguesa que comandaba la isla de Santa Catalina, de lo que resultó recibir a sus oficiales en cambio de los prisioneros portugueses que mantenía, excepto algunos del buque negrero y el piloto, que quería llevar consigo.

El 14, a las cinco de la tarde las fragatas españolas hicieron vela en dirección a España, “para dar a entender a los portugueses que me volvía a Europa como lo había publicado antes de salir”.[89] En realidad seguían para el Río de la Plata, donde don Nicolás Geraldín se vería involucrado en otros problemas, esta vez con el gobernador de Buenos Aires, D. Miguel de Salcedo, con quien iba a tener constantes roces sobre la actuación de la flota en el Río de la Plata.

Vicente D. Sierra escribió que el fracaso en tomar Colonia se debió a la disparidad de fuerzas y la falta de colaboración entre las fuerzas navales, comandadas por Geraldín y las fuerzas de tierra, comandadas por Salcedo.[90] Los dos se confrontaron en acusaciones que llenaron varios documentos que pueden ser consultados en el Archivo General de Indias. Geraldín destacaba la falta de actuación de Salcedo, mientras el gobernador le culpaba de falta de obediencia, diciendo que frecuentemente desacataba sus ordenes. El Consejo de Indias decidió que Salcedo fuese detenido y enviado a España, adonde fue indultado en 1744. Por su vez Geraldín estuvo preso en Cádiz por algunos años, saliendo de la cárcel en 1741 a pedido del Infante Almirante General, que necesitaba de marineros con experiencia en la guerra que entonces se daba contra Inglaterra. D. Nicolás Geraldín fue considerado culpado en el proceso en lo cual se enfrentaba con Salcedo, mas como murió en combate contra los ingleses en la costa de Provenza, el proceso fue archivado.[91]

El mismo problema se pasó entre los portugueses. Según el análisis de Abeillard Barreto, la actuación de la frota lusitana fue perjudicada por la falta de un comando centralizado, pues la carta regia en que constaban las ordenes al comandante de la frota, Luís de Abreu Prego, no se establecía precedencias entre él, el comandante de las tropas, Brigadier José da Silva Pais, y el gobernador de Colonia del Sacramento, Antonio Pedro de Vasconcelos. El comando superior quedó a cargo del gobernador de Río de Janeiro, Gomes Freire de Andrada, que se conservaba muy lejos del Río de la Plata.[92] Así como entre los españoles, fue constante el roce el gobernador de Colonia y el comandante de las tropas con relación a las actitudes tomadas por el comandante de la flota, el cual, cada vez que veía el riesgo de perder una de sus embarcaciones por cuenta de las ordenes del gobernador o del brigadier, los desobedecía, diciendo que ellos nada sabían de la marina de guerra.[93]

 

Los motines durante el Antiguo Régimen

 

Era bastante común en Europa durante el Antiguo Régimen que las monarquías buscasen por lo  general evitar el reclutamiento de los privilegiados y de los sectores productivos de la sociedad.[94] En esa época tal sistema era considerado justo: los derechos y deberes no eran iguales para todos, pues se encuadraban dentro del sistema de “libertades” concedidas por los reyes a determinados estratos sociales.[95]

En España también era común que el reclutamiento se concentrara en los sectores marginales de la sociedad. Escribe Andújar Castillo que “no en vano la geografía del reclutamiento coincidía plenamente con la geografía de la miseria”.[96]

Según Rodríguez Hernández:

 

“Los corregidores y autoridades municipales, ante la imposibilidad de reunir voluntarios, debieron hacer frente a vagabundos y ociosos, forasteros y jornaleros que estaban de paso, delincuentes o a cualquiera que no trastocara el orden de la comunidad, por lo que esta práctica significó en muchos casos purgar la republica de gente innecesaria. De ahí se entiende las pocas tensiones generadas por esta clase de reclutamientos, y los pocos disturbios y motines asociados directamente a ellos.[97]

 

Frente a todo eso, la deserción era el principal medio de resistencia de los hombres que habían sido reclutados a la fuerza y que, una vez inscritos, se veían sometidos a las mayores privaciones, muchas veces sin alimentación ni vestuario suficientes y con los sueldos constantemente atrasados. Lijó Vázquez hace un análisis de las deserciones en la Real Armada, que nos ayuda o comprender lo sucedido en la isla de Santa Catalina.

 

“En la Edad Moderna, las deserciones constituyeron un problema endémico de las fuerzas armadas, agravado en coyunturas bélicas. En el cuerpo de las escuadras de guerra españolas del siglo XVIII, este fenómeno hizo seria mella y tuvo por causa genérica en la mayoría de los casos la dureza del servicio naval y la falta de compensaciones efectivas (la demora en el abono de los sueldos fue casi una constante). Hubo prófugos, y no pocos, entre la maestranza (los profesionales de la construcción naval, la masa laboral más numerosa de los arsenales, protagonistas de diversos motines en este periodo motivados fundamentalmente por los citados atrasos en sus retribuciones monetarias) y también se constataran abundantes fugas de soldados de la infantería de Marina, pero sin duda este fenómeno fu especialmente grave en la llamada marinería de servicio, que a bordo ocupaba plazas de artilleros, marineros y grumetes”.[98]

 

Juan Marchena, en su estudio sobre las tropas enviadas a Cartagena de Indias, cuenta: “Los desertores, además, se atrapan con dificultad, pues o bien se refugiaban en sagrado (‘vienen con Iglesia’), o los propios vecinos de la ciudad les ayudan en su fuga, comprándoles la ropas y aún el armamento”.[99]  Lo mismo se daba en Buenos Aires, donde eran constantes los bandos de los gobernadores intentando frenar la deserción de soldados y marineros.[100] La punición a los desertores era el trabajo forzado “a ración y sin sueldo” en las obras de defensa de Montevideo.[101] Pero varios bandos prometían el perdón a los desertores que se reincorporasen al ejército, marina y milicias de Buenos Aires.[102] El mismo problema era enfrentado por los portugueses en Colonia del Sacramento, donde las deserciones eran tan constantes como los castigos y las promesas de perdón a los que retomasen sus puestos.[103]

En teoría, los fugitivos que fuesen capturados estaban sujetos a sufrir la pena capital, pero en la práctica la deserción de soldados e marineros era encarada con una cierta naturalidad, pues hasta entones ella aún no estaba asociada al concepto de traición a la patria, que surgió solamente en el siglo XIX, con a ascensión del nacionalismo. Durante el Antiguo Régimen, la defensa del honor era una preocupación constante de la nobleza y de los hidalgos, que servían como oficiales y que no podía ser cobrada de los soldados y marineros, hombres en general reclutados a la fuerza que, en la mayoría de los casos, provenían de las clases marginalizadas de la sociedad.[104] 

Lo mismo se puede decir sobre el facto de que los amotinados quisieron pasar al servicio del rey de Portugal, pues las costumbres del feudalismo aun existentes en la Época Moderna permitían a las personas cambiar de señor.[105] Eso cambiaría lentamente con la concentración del poder de las monarquías durante la segunda mitad del siglo XVIII y, principalmente, con el fin del Antiguo Régimen y la adopción del nacionalismo por la mayor parte de los países en el siglo XIX. Pero el cambio no sería tan rápido pues, mismo durante las guerras de independencia, permanecían las viejas prácticas: “Los comandantes como San Martín y Bolívar, ofrecían recompensas para quien encontrara fugados, a los que castigaban con encarcelamiento, años extras de servicio, y en casos extremos la pena máxima”.[106]

 



[1] Doctor en Historia Social por la Universidad de San Pablo (Brasil). Profesor de la Universidad Federal de Pelotas (Brasil). Este artículo hace parte de una investigación que cuenta con el auxilio de una beca Postdoctoral Senior de la CAPES, realizada en la Universidad Nacional de La Plata (Argentina). También agradezco el auxilio de la Fundación Carolina por el apoyo a los investigadores brasileños en España.

Currículo disponible en: http://buscatextual.cnpq.br/buscatextual/visualizacv.do?id=K4773856U9

[2] Luís Ferrand de ALMEIDA, A Diplomacia Portuguesa e os Limites Meridionais do Brasil (1493-1700), Coimbra, Universidade de Coimbra, 1957, pp. 24-31.

[3] Luiz Alberto Moniz BANDEIRA, O Expansionismo Brasileiro e a Formação dos Estados na Bacia do Prata, 2ª ed. São Paulo, Ensaio – Brasília, UnB, 1995, pp. 33-36.

[4] Luís Ferrand de ALMEIDA, A Colónia do Sacramento na Época da Sucessão de Espanha, Coimbra, Universidade de Coimbra, 1973, p. 148.

[5] Vicente D. SIERRA, Historia de la Argentina, Buenos Aires, Unión de Editores Latinos, 1957, vol. 1, p. 489.

[6] Pierre CHAUNU, Sevilha e a América nos Séculos XVI e XVII, S. Paulo, Difel, 1980, p. 203.

[7] Evaldo Cabral de MELLO, O Negócio do Brasil, Rio de Janeiro, Topbooks, 1998, pp. 248-249.

[8] Mario RODRÍGUEZ, “Dom Pedro of Braganza and Colônia do Sacramento, 1680-1705” en  Hispanic American Historical Review, Durham, v. XXXVIII, n. 2, May 1958, pp. 180-184.

[9] Fernando A. NOVAIS, Portugal e Brasil na Crise do Antigo Sistema Colonial (1777-1808), 6ª ed. São Paulo, Hucitec, 1995, p. 19.

[10] Mario RODRÍGUEZ, op. cit., pp. 184-185.

[11] Luís Ferrand de ALMEIDA, A Diplomacia Portuguesa [...], op. cit. p. 54.

[12] Serafim LEITE, História da Companhia de Jesus no Brasil, Rio de Janeiro, Imprensa Nacional, 1945, vol. 6, p. 534.

[13] Aunque la bula papal que creó la diócesis de Buenos Aires, en 1620, le daba como límites los mismos de la gobernación del Río de la Plata, creada en 1617. Cf. César A. GARCÍA BELSUNCE, “La Sociedad Hispano-Criolla”, en Nueva Historia de la Nación Argentina, Buenos Aires, Planeta, 1999, tomo II, p. 158.

[14] Mauro RODRÍGUEZ, op. cit. pp. 187-188.

[15] Aurélio PORTO, História das Missões Orientais do Uruguai, 2ª ed., Porto Alegre, Selbach, 1954, I parte, pp. 387-388.

[16] Luís Ferrand de ALMEIDA, A Diplomacia Portuguesa [...], op. cit., pp. 116-117.

[17] En Jonathas da Costa Rego MONTEIRO, A Colônia do Sacramento. Porto Alegre: Globo, 1937, vol. 2, doc. n.º 5, pp. 23-32.

[18] Jonathas da Costa Rego MONTEIRO, op. cit., vol. 1, pp. 88-89.

[19] Anibal M. RIVEROS TULA, “Historia de la Colonia del Sacramento (1680-1830)” en Revista del Instituto Histórico y Geográfico del Uruguay, Montevideo, 1959, tomo XXII, pp. 81-82.

[20] André CORVISIER, La France de Louis XIV, Paris, SEDES, 1979, pp. 310-311.

[21] Luís Ferrand de ALMEIDA, A Diplomacia Portuguesa [...], op. cit. p. 166.

[22] “Tratado provisional celebrado em Lisboa a 7 de mayo de 1681”, en Revista do Instituto Histórico e Geográfico Brasileiro, 1986, jul./set., nr. 352, pp. 914-928.

[23] Jonathas da Costa Rego MONTEIRO, op. cit., vol. 1, pp. 98-101.

[24] Anibal M. RIVEROS TULA, op. cit., p. 96.

[25] Vicente D. SIERRA, op. cit., p. 487.

[26] Gaston ZELLER, “Les Temps Modernes: De Louis XIV à 1789”, en Pierre RENOUVIN (org.), Histoire des Relations Internationales, Paris, Hachette, tomo II, 2.ª parte, p. 83.

[27] Luís Ferrand de ALMEIDA, A Colônia do Sacramento [...], op. cit., pp. 198-199.

[28] En Luis Enrique AZAROLA GIL, La Epopeya de don Manuel Lobo, Madrid, Compañía Iberoamericana de Publicaciones, 1931, doc. 43, pp. 207-208.

[29] Luís Ferrand de ALMEIDA, A Colônia do Sacramento [...], op. cit., pp. 213-221.

[30] Mario RODRÍGUEZ, op. cit., p. 206.

[31] André CORVISIER, La France de Louis XIV, Paris, Societé d’Édition d’Enseignement Supérieur, 1979, pp. 328-330.

[32] Luís Ferrand de ALMEIDA, A Colônia do Sacramento [...], op. cit., pp. 232-235.

[33] Íbidem, pp. 240-241.

[34] Fernando A. NOVAIS, op. cit. pp. 18-19.

[35] En Isabel CLUNY, O Conde de Tarouca e a Diplomacia na Época Moderna, Lisboa, Horizonte, 2006, p. 319.

[36] “Resolución capitular de […] 20 de Noviembre de 1715”, en Carlos CORREA LUNA (dir.) Campaña del Brasil, Antecedentes Coloniales. Buenos Aires, 1931, tomo I, pp. 452-453.

[37] Entre 1708 y 1714, los franceses compraron 174.000 cueros en Buenos Aires y, entre 1715 y 1726, los ingleses, sucesores de los franceses en el contrato de asiento, llevaron 218.242. Cf. Sergio R. VILLALOBOS, Comercio y Contrabando en el Río de la Plata y Chile, Buenos Aires, Editorial Universitaria de Buenos Aires, 1965, p. 32.

[38] Elena F. S. STUDER, La Trata de Negros en el Río de la Plata, Buenos Aires, Libros de Hispanoamérica, 1984, p. 201-203.

[39] Magnus MÖRNER, Actividades Políticas y Económicas de los Jesuitas en el Río de la Plata, Buenos Aires: Paidós, 1968,  p. 122.

[40] “Copia de la carta de D. Baltasar García Ros […] Buenos Aires, 7 de Diciembre de 1715, en Carlos CORREA LUNA, op. cit., tomo I, p. 454.

[41] “Territorio de la Colonia, vaga expresión que alcanzaba a las regiones que hoy se dividen entre el Uruguay y Rio Grande do Sul”. Jaime CORTESÃO, “O Território da Colônia do Sacramento e a Formação dos Estados Platinos” en Revista de História, São Paulo, 1954, nº 17, p. 135.

[42] “Copia de la carta de D. Baltasar García Ros […] Buenos Aires, 7 de Diciembre de 1715, en Carlos CORREA LUNA, op. cit., tomo I, pp. 453-457.

[43] Mario RODRÍGUEZ, op. cit., pp. 199-200.

[44] La exportación de cueros constituyó, en los siglos XVII y XVIII, una de las mercancías de gran importancia en el comercio colonial brasileño, siendo que su ingreso en ciertos momentos llegó a ocupar el segundo lugar en la pauta de exportaciones, perdiendo sólo con el azúcar. Cf. Corcino Medeiros dos SANTOS, Relações Comerciais do Rio de Janeiro com Lisboa (1763-1808), Rio de Janeiro, Tempo Brasileiro, 1980, p. 173.

[45] “Copia de la carta del S. Marqués de Capecelatro al rey […] Lisboa, 22 de Septiembre de 1716”, en Carlos CORREA LUNA, op. cit., tomo I, pp. 458-460.

[46] Ibídem.

[47] Arthur FERREIRA FILHO, História Geral do Rio Grande do Sul (1503-1964), 3ª ed. Porto Alegre, Globo, 1965, p. 32.

[48] “Real cédula […] Buen Retiro, 11 de Octubre de 1716”, en Carlos CORREA LUNA, op. cit., tomo I, p. 461.

[49] En Jonathas da Costa Rego MONTEIRO, op. cit., vol. 2, doc. 18, pp. 58-59.

[50] Arquivo Histórico Ultramarino (AHU): ACL_CU_012, Cx. 1, D. 51.

[51] Instituto Histórico e Geográfico Brasileiro (IHGB): Arq. 1.1.21, f. 23v-24.

[52] IHGB: Arq. 1.1.21, ff. 173-178.

[53] Jaime CORTESÃO, Alexandre de Gusmão e o Tratado de Madrid, Rio de Janeiro, Instituto Rio Branco, 1950, parte I, tomo II, pp. 59-63.

[54] “Real cédula […] Sevilla, 7 de Diciembre de 1716”, en Carlos CORREA LUNA, op. cit., tomo I, p. 501.

[55] En Jaime CORTESÃO, Manuscritos da Coleção de Angelis. Tratado de Madrid - Antecedentes: Colônia do Sacramento (1669-1749), Rio de Janeiro, Instituto Rio Branco, 1954, pp. 244-252.

[56] En Luís LISANTI (org.), Negócios Coloniais, Brasília, Ministério da Fazenda; São Paulo, Visão Editorial, 1973, vol. 4, pp. 376-377.

[57] Silvestre Ferreira da SYLVA, Relação do Sítio da Nova Colônia do Sacramento, Porto Alegre, Arcano 17, 1993, pp. 28-31.

[58] En: Carlos CORREA LUNA (dir.), op. cit., p. 505.

[59] Jaime CORTESÃO, Alexandre de Gusmão [...], op. cit., parte I, tomo I, p. 68-69.

[60] “Relação do princípio da guerra da Colônia até a chegada da nau Esperança [...] escrita por Henrique Manuel de Miranda Padilha” en Revista do Instituto Histórico e Geográfico do Rio Grande do Sul, n. 9, Porto Alegre, 1945, p. 41.

[61] Paulo POSSAMAI, Colonia del Sacramento: Vida cotidiana durante la ocupación portuguesa. Montevideo, Torre del Vigía, 2014, pp.169-170.

[62] Silvestre Ferreira da SYLVA, op. cit. p 84.

[63] Para informaciones más detalladas sobre el bloqueo, consultar el capítulo “La Colonia Sitiada (1735-1737)”, en: Paulo POSSAMAI, op. cit., pp. 167-191.

[64] Archivo General de Indias (AGI) Charcas, 348: Carta de Patiño a Salcedo, 22/04/1736.

[65] Vicente D. SIERRA, Historia de la Argentina (1700-1800), Buenos Aires, Editorial Científica Argentina, 1981, p. 115.

[66] Nicolás GERALDÍN, Diario del Viaje al Río de la Plata. Foja 3. Disponible en: http://bibliotecadigital.rah.es/dgbrah/i18n/catalogo_imagenes/grupo.cmd?path=1005987 acessado em 30 de abril de 2014.

[67] Nicolás GERALDÍN, f. 6

[68] Nicolás GERALDÍN, ff. 11-12

[69] AGI: Charcas, 348.

[70] Nicolás GERALDÍN, ff. 14-15.

[71] Nicolás GERALDÍN, ff. 15.

[72] AGI: Charcas, 348.

[73] Nicolás GERALDÍN, f. 19.

[74] Nicolás GERALDÍN, f. 22.

[75] Nicolás GERALDÍN, f. 22.

[76] AGI: Charcas, 348.

[77] Nicolás GERALDÍN, f. 22.

[78] AGI: Charcas, 348.

[79] Nicolás GERALDÍN, f. 22.

[80] Nicolás GERALDÍN, f. 23.

[81] AGI: Charcas, 348.

[82] Nicolás GERALDÍN, f. 23.

[83] AGI: Charcas, 348.

[84] “…vi la hora en que nos íbamos a meter en cenizas las dos [fragatas]”. GERALDÍN, f. 24.

[85] AGI: Charcas, 348.

[86] Nicolás GERALDÍN, f. 26.

[87] Nicolás GERALDÍN, f. 27.

[88] AGI: Charcas, 348.

[89] Nicolás GERALDÍN, f. 29.

[90] Vicente D. SIERRA, op. cit., pp. 115-116.

[91] Ibídem, pp. 126-127.

[92] Abeillard BARRETO, “A Expedição de Silva Pais e o Rio Grande de São Pedro” en História Naval Brasileira, Rio de Janeiro, Ministério da Marinha, Serviço de Documentação Geral da Marinha, 1975, vol. 2, tomo 2, p. 15.

[93] Paulo César POSSAMAI e Rodrigo Salaberry dos SANTOS, “As frotas de socorro para a Colônia do Sacramento, 1736-1737” en Navigator, núm. 8, pp. 62-74, Rio de Janeiro, 2012.

[94] Franco CARDINI, La Culture de la Guerre, Paris, Gallimard, 1992, p. 193.

[95] Antonio José RODRÍGUEZ HERNÁNDEZ, Los Tambores de Marte. El reclutamiento en Castilla durante la segunda mitad del siglo XVII (1648-1700),Valladolid, Castilla Ediciones, 2011, p. 197

[96] Francisco ANDÚJAR CASTILLO, “Vidas cotidianas en los ejércitos borbónicos. Una aproximación” en Inmaculada ARIAS DE SAAVEDRA ALIÁS, (ed.), Vida cotidiana en la España de la Ilustración, Granada, Universidad de Granada, 2012, p. 44.

[97] RODRÍGUEZ HERNÁNDEZ, Antonio José, “Los primeros ejércitos peninsulares y su influencia en la formación del Estado Moderno durante el siglo XVII”, en Agustín GONZÁLEZ ENCISO (ed.), Un Estado Militar, España, 1650-1820, Madrid: Actas, p. 45.

[98] José Manuel LIJÓ VÁZQUEZ, “Las deserciones de marinería en la Armada española del siglo XVIII: actores, cifras y escenarios” en Manuel-Reyes GARCÍA-HURTADO (ed.), La Armada Española en el Siglo XVIII, Ciencias, hombres y barcos, Madrid, Sílex, p. 261

[99] Juan MARCHENA F. “Sin temor de rey ni de Dios. “Violencia, corrupción y crisis de autoridad en la Cartagena colonial”, en Allan KUETHE y Juan MARCHENA F. Soldados del Rey. El ejército borbónico en América colonial en vísperas de la Independencia, Castelló de la Plana, Universitat Jaume I, 2005, pp. 81-82.

[100] AGN (Buenos Aires): bandos, legajo 639, sala IX, 8-10-1

[101] AGN (Buenos Aires): bandos, legajo 639, sala IX, 8-10-1, doc. 27, 70, 80, 174.

[102] AGN (Buenos Aires): bandos, legajo 639, sala IX, 8-10-1, doc. 30, 47, 80, 94, 151, 174. Bandos, legajo 640, sala IX, 8-10-2, doc. 8, 21, 134, 138, 153. Bandos, legajo 641, sala IX, 8-10-3, doc. 210.

[103] Paulo POSSAMAI, Colonia del Sacramento: Vida cotidiana durante la ocupación portuguesa. Montevideo, Torre del Vigía, 2014, pp. 109-111.

[104] Fernando Dores COSTA, “O Bom Uso das Paixões: Caminhos Militares na Mudança do Modo de Gobernar” en Análise Social, núm. 149, vol. XXXIII, Lisboa, 1998.

[105] Isabel CLUNY, D. Luís da Cunha e a ideia de diplomacia em Portugal, Lisboa, Horizonte, p. 100.

[106] Marta Beatriz GOLDBERG, “Afrosoldados de Buenos Aires en armas para defender a sus amos”, en Silvia C. MALLO y Ignacio TELESCA (ed.), Negros de la Patria: Los afrodescendientes en las luchas por la independencia en el antiguo virreinato del Río de la Plata, Buenos Aires, SB, 2010, p. 53.

 

 

 

 

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Tiempos Modernos: Revista Electrónica de Historia Moderna
ISSN: 1699-7778