Presentación:

Cultura escrita y memoria en el Siglo de Oro*

 

Presentation:
Written Culture and Memories of Spanish Golden Age

 

 

Emilio Torné y Enrique Villalba

(Universidad de Alcalá de Henares

Universidad Carlos III, Madrid)

 

 

La lectura hace a un hombre completo, la conversación hace a un hombre alerta, y la escritura hace a un hombre cabal. Por eso, si un hombre escribe poco, debe tener una buena memoria; si habla poco, debe tener una memoria alerta; y si lee poco, debe tener mucha astucia para aparentar saber lo que no sabe.

                                                                                                          Francis Bacon[1]

 

 

Y, allende desto, las letras hacen a los hombres quasi inmortales, haciendo eterna la memoria dellos.

                                                           Pedro Mexía[2]

 

 

 

            La gestión de lo escrito a través de sus protagonistas y de su papel en la construcción y conservación de una memoria ha sido tratada historiográficamente de modo desigual desde la perspectiva de la historia cultural. En el ámbito de la cultura escrita tanto sus artífices (autoridades, miembros de la administración, escribanos, notarios, autores, calígrafos, amanuenses…), como los custodios (secretarios, contadores, archiveros, bibliotecarios…) y difusores (cronistas, literatos) no son sólo los productores de un acervo documental determinado sino que con su intervención se convierten también en los conformadores de una memoria.

Ha de entenderse, pues, la memoria como algo vivo, en construcción, y no como un mero depósito. Los distintos modos de hacer memoria -entre las resistencias y las transformaciones, entre el control y la diversidad- están íntimamente relacionados con los desarrollos tecnológicos –artefactos, como el libro- y con los usos y prácticas –los de escritura y lectura, por ejemplo- que se producen en cada época y sobre los que también intervienen aspectos estéticos, socioeconómicos, tensiones de poder, etc.

 

El interés de nuestras investigaciones no se centra en el estudio separado de la construcción de la memoria, los artefactos y las prácticas culturales sino en el de la interacción de esos tres conceptos tan potentes.

 

Toda cultura supone permanencia o mantenimiento a través de la replicación. Pero esas replicaciones pueden darse de diversos modos. En todo tiempo, podemos observar cómo al replicar con pruebas, con errores, con ruido, se generan divergencias, diversidad, pluralidad. Pero esa multiplicidad compleja afecta a los poderes establecidos. El poder quiere siempre una replicación sin ruido; es decir, quiere permanencia, ya que regula un orden. Sin embargo, también en este terreno cultural, el poder indica, señala la dirección en la que se ha de mirar, aunque la sociedad, los individuos pueden intentar mirar de otros muchos modos. En todo momento, los poderes –políticos, religiosos, económicos- han tratado de regular ese ruido, esas miradas libres, con formas de control conocidas en el mundo del libro impreso.

 

Algunas de las maneras en que pueden producirse esas miradas son las que nos hemos propuesto estudiar. Nuestra aproximación a la memoria no pretende, pues, entenderla solo como registro, sino como un proceso de construcción activo, diverso. Por eso hablamos sobre todo de hacer memoria. Y, ¿cómo hacemos memoria? Resistiendo al paso del tiempo, es decir, mediante distintas formas de persistencia y su transformación.

 

Si vamos un paso más allá en el entendimiento de esa memoria que fluye, que se hace, es evidente que no hay memoria sin comunicación, sin transferencia. Precisamente, el proceso de comunicación es uno de los momentos en que se produce más ruido; es decir, más posibilidad de disenso, de cambio, de transformación. Y también el de la propaganda, la imposición, la censura. Como escribe Ricardo Piglia, mientras «la lectura es el arte de construir una memoria personal a partir de experiencias y recuerdos ajenos»,

 

            “La cultura de masas (o mejor sería decir la política de masas) ha sido vista con toda claridad por Borges como una máquina de producir recuerdos falsos y experiencias impersonales. Todos sienten lo mismo y recuerdan lo mismo y lo que sienten y recuerdan no es lo que han vivido”[3].

 

Desde hace tiempo, en nuestro grupo y en sucesivos proyectos de investigación[4], hemos pretendido analizar, desde diferentes perspectivas, aspectos tales como el estudio de reductos de memoria, los oficios de lo escrito y sus prácticas[5], las dimensiones sociales de la memoria y, en último extremo, profundizar en los modos de creación de identidades a través de ello. Para reforzar esas investigaciones hemos buscado algunas colaboraciones destacadas como las recogidas en este monográfico.

 

Partiendo de la caracterización de este período histórico como una época de ampliación de las prácticas escritas, que contempla también formas de creación y gestión de la memoria que se pueden estudiar a través de la labor de sus responsables y de unas relaciones sociales con implicaciones más complejas (como las relativas a la pertenencia a un grupo o al alcance de la movilidad social) y con mayores mecanismos de control. En esos ámbitos la palabra escrita desempeña un lugar central en relación con el poder, con la gestión y conservación de la memoria y con determinados usos culturales.

 

Los oficios y ocupaciones vinculados a la gestión de la cultura escrita no son, por tanto, sólo los productores de unos textos, de unas obras, sino también, a través de su intervención, se convierten en los responsables de la creación de una memoria. No pretendemos ofrecer un marco general ni, mucho menos, un panorama exhaustivo, sino tan solo algunos ejemplos de ello que verifiquen cómo la labor en torno a los papeles y otros soportes de lo escrito fue más allá de su mera función burocrática -tanto en la gestación como en la conservación- para convertirlos en auténticos gestores de memoria que, de forma consciente o no, contribuyen a la construcción de una determinada mirada de su realidad o de su pasado

 

Los siete trabajos reunidos para este monográfico comparten entonces la voluntad de recrear algunas prácticas de la cultura escrita y de la construcción de una memoria en el Siglo de Oro.

           

            Podemos comenzar esa recreación acercándonos a los oficios, a los artífices. Así, el texto de Ángel Gutiérrez Cabero se ocupa de los calígrafos. Nos presenta la evolución de la escritura caligráfica como construcción colectiva de una identidad gráfica. Esto es, la propia escritura como forma de memoria a través de su diseño, su difusión (a través de sus manuales[6], los artes de escribir) y sus prácticas, de enseñanza fundamentalmente, pues la mayor parte de ellos eran maestros. El artículo de Anne Cayuela, por su parte, se centra en quienes participan en el proceso que va de la escritura a la impresión, del texto al libro, es decir, autores, impresores y editores. Y ese proceso complejo requiere de una relación entre ellos que provoca conflictos y tensiones[7] pero también entendimientos, a veces complicidades  y, de algún modo también, una conciencia de la labor o la posición del otro en esa encrucijada que supone la publicación literaria.

 

En los cuatro ensayos siguientes la mirada se centra más abiertamente en la pretensión de hacer intencionadamente una memoria social y el juego de poderes que intervienen en ello. Así, el trabajo de Juan Francisco Molero explica cómo el poder va perfilando una memoria escrita de una minoría –los moriscos- con una finalidad claramente justificativa del conflicto y los conceptos y textos que emplea para ello. Sobre la memoria de los grupos privilegiados presentamos, en primer término, el estudio de Guillermo Nieva en torno la elaboración de una memoria eclesiástica, la Crónica de la Orden de Predicadores de Juan de la Cruz y el verdadero alcance y valor historiográfico que pueden tener este tipo de obras. Y le siguen dos aproximaciones a la memoria nobiliaria: la que hace Emiliano Zarza en torno a la figura de Don Manuel de Zúñiga y Guzmán, X Duque de Béjar y la que presentan Miguel Gómez Vozmediano y Ramón Sánchez sobre el cronista nobiliario Pedro Salazar de Mendoza. De ese modo, tenemos dos perspectivas muy complementarias, la utilización de una figura esencial en el afianzamiento de una memoria legitimadora y modélica para el linaje y la de uno de esos personajes encargados precisamente de gestionar los papeles y los silencios en la construcción interesada de esas memorias nobiliarias.

 

El último de los trabajos aquí recogidos se refiere a la memoria de un espacio tan singular y destacado como es la Corte en tiempos de Carlos II. En él, Marcelo Luzzi muestra el juego de estrategias y la acción política en la que intervienen los numerosos agentes cortesanos, desde el poder real hasta los cronistas.

           

            A través de las diversas representaciones que supone la cultura escrita se puede, pues, mostrar cómo los textos hacen memoria. Velázquez de Azevedo, autor de uno de los más destacados artes de memoria de la época, nos los describía así esos tratados:

 

            “El [arte] de la memoria no es otra cosa que un modo de escribir imaginario: el cual, así como los libros se constituyen de papel y letras con que se conservan en ellos todas las ciencias y lo demás que se quiere guardar y retener, de quien dijo Platón que, teniendo la poca memoria de la vejez, se daba priesa a hacer otra de papel, así este arte, que en suma es un breve libro de memoria radicado en la imaginativa, tiene en vez de papel lugares y en lugar de letras imágenes”[8].

 

Es decir, en los tiempos modernos, la imposición de la lógica de la escritura es tal que el modelo más perfecto y fiable de memoria es ya el libro, el papel, las letras… y no la propia capacidad humana.



* Este monográfico se inscribe dentro de las actividades emanadas del proyecto Gestores de lo escrito: construcción, conservación y difusión de la memoria en el ámbito hispánico, siglos XIII-XVII, concedido por el Ministerio de Economía y Competitividad con referencia HAR2012-35901 y cuyo investigador principal es el profesor Enrique Villalba Pérez.

[1] Francis BACON, «Of Studies», Essays (1597), en Francis Bacon, Oxford University Press, 1996, p. 439; trad. de Luis Escolar Pareño, «Sobre los estudios», en Ensayos, Barcelona: Orbis, 1985, p. 36. Citado por Antoine COMPAGNON, ¿Para qué sirve la literatura?, Barcelona: Acantilado, 2008, P. 34.

[2] Pedro MEXÍA, Silva de varia lección, edición de Isaías Lerner, Madrid: Castalia, 2003, Nueva Biblioteca de Erudición y Crítica, 25., Tercera parte. Capítulo primero: Cuán útil fue la invención de las letras. Cómo y por quién fueron inventadas. Cómo las letras hebreas tengan significación y no otras.  [Esta edición de Lerner está hecha sobre la de Valladolid: 1550 (las tres primeras partes) y 1551 (la cuarta), por ser la de texto más completo y último que pudo corregir Mexía. Con todo, la primera edición es de Sevilla, 1540], p. 537.

[3] Ricardo PIGLIA, Formas breves, El último cuento de Borges, Buenos Aires: Debolsillo, 2014.

[4] Además del ya citado en la primera nota compartieron esta inquietud Palabra y poder: escritura, representación y memoria en la monarquía de los Austrias (ref. har2008-05529/hist.) o El oficio de escribano en Castilla en el Siglo de Oro: poder, memoria y cultura escrita (ref. hum 2005-06621) así como en varios de los congresos de Litterae, como Litterae XVIII, celebrado en junio del 2015.

[5] Un buen ejemplo fue la coordinación de la obra colectiva: El nervio de la República. El oficio de escribano en el Siglo de Oro, Enrique VILLALBA y Emilio TORNÉ, eds., Madrid: Calambur. Biblioteca Litterae, 24, 2010.

[6] Ewan Clayton escribe al respecto: «Estos manuales representaron un cambio importante en la manera en que se podía aprender un estilo de letra. Además de convertir la escritura en un arte más accesible, iniciaron un movimiento que reemplazaría los estilos, formas y habilidades locales por otros de uso en extensos entornos culturales», Ewan CLAYTON, La Historia de la Escritura, Madrid: Siruela, 2015, en el apartado La edad de oro del manual de escritura.

[7] Cervantes en El Licenciado Vidriera, seguramente escarmentado en su propia experiencia, advierte de los editores que burlan a sus autores cuando imprimen un libro a su costa pues, dice, «en lugar de mil y quinientos, imprimen tres mil libros, y cuando el autor piensa que se venden los suyos, se despachan ajenos».

[8] Juan VELÁZQUEZ DE AZEVEDO, Fénix de Minerva o Arte de memoria, Valencia: Tératos, 2002, pp. 79-80.

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Revista semestral presente en:
Tiempos Modernos: Revista Electrónica de Historia Moderna
ISSN: 1699-7778